C101- CONTRATO GENERACIONAL.
Grace había entrado en la habitación con pasos firmes, pero su corazón llevaba un ritmo distinto: uno descontrolado, como si intentara advertirle que no estaba lista para lo que estaba a punto de escuchar. Su rostro, aunque mantenía una apariencia firme, era un campo de batalla. Sus ojos brillaban de ansiedad contenida, su mandíbula apretada intentaba contener un torbellino que amenazaba con desbordarse.
No esperó a que Alexander hablara. Las palabras salieron de su boca como un disparo, rápidas y cargadas de determinación.
—Quiero la verdad, Alexander. Todo. Sin mentiras, sin excusas. Quiero saber quién soy y por qué me lo ocultaste.
Alexander se tensó en su lugar. La seriedad en la voz de Grace lo golpeó de lleno. Intentó mantener la calma, pero un leve temblor en su voz lo traicionó.
—No fue mi intención ocultarte nada, Grace. Si hubiera sabido dónde estabas... si lo hubiera sabido, todo habría sido diferente.
Grace sintió que un nudo subía por su garganta. La ansiedad comenzaba a ganar terreno, y su cuerpo la traicionaba: las manos le temblaban, el pecho le ardía y una mezcla de dudas, temor y rabia se apoderaban de ella. Dio un paso adelante, tratando de no romperse frente a él.
—Acabo de ver al abuelo de Lucien... y él... él dijo algo.
Alexander, que hasta ese momento había logrado mantenerse medianamente sereno, sintió un golpe en el pecho. Su corazón empezó a latir con fuerza, como si ya supiera lo que venía.
—¿Qué te dijo? —preguntó con voz débil, casi temiendo la respuesta.
Grace vaciló, su boca se abrió, pero las palabras parecían quedarse atoradas. Finalmente, con un esfuerzo casi físico, dejó escapar la pregunta que la había estado carcomiendo desde que el abuelo de Lucien le había hablado.
—Dijo que mi madre era tu amante. ¿Es verdad? ¿Ella y tú... eran amantes?
Alexander palideció de inmediato. Era como si todas las emociones reprimidas durante años lo golpearan al mismo tiempo: culpa, dolor, arrepentimiento. Su mirada cayó al suelo, y un pesado silencio se instaló entre ambos.
—Grace... —murmuró, intentando acercarse.
Pero Grace dio un paso atrás, con la mirada encendida de rabia y frustración.
—¡Solo responde! ¿Eran amantes?
Alexander cerró los ojos, derrotado. Caminó lentamente hacia el sillón, como si el peso de sus propios errores lo obligara a sentarse. Cuando levantó la mirada, señaló el asiento junto a él.
—Te lo voy a contar todo. Pero por favor, toma asiento.
Grace titubeó, sin saber si debía obedecer o simplemente salir corriendo de la habitación. Finalmente, su curiosidad —y la necesidad de respuestas— vencieron al miedo. Se sentó, pero su cuerpo permaneció tenso, como si cada músculo estuviera preparado para una batalla.
Alexander tomó el vaso de whisky que reposaba sobre la mesa. Bebió un sorbo, como si el líquido pudiera amortiguar el peso de lo que estaba a punto de confesar.
—Conocí a tu madre cuando tenía casi tu edad. Era un poco mayor, creo... —Sonrió con melancolía—. Era vivaz, hermosa y... dulce.
Grace sintió que algo se quebraba dentro de ella. Hablar de su madre era como desenterrar un tesoro perdido, uno que nunca había tenido la oportunidad de descubrir por sí misma. Cada palabra de Alexander hacía que una parte de ella quisiera aferrarse a esa imagen de su madre, mientras la otra luchaba por mantenerse fuerte.
—En ese momento... yo estaba pasando por una situación difícil. Mi esposa... ella estaba muriendo. Tenía esclerosis múltiple.

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