C100- QUIERO SABERLO TODO.
La habitación del hospital estaba en un silencio sepulcral, roto solo por el tenue pitido de las máquinas que monitoreaban a Lucien. Grace estaba sentada en una silla junto a la cama, con los brazos cruzados y la mirada fija en el suelo, como si este pudiera darle las respuestas que tanto necesitaba.
La revelación de Alexander seguía resonando en su mente.
No era hija de William.
No llevaba su sangre.
Un alivio extraño la invadía, como si una pesada cadena hubiera sido arrancada de su cuello, pero al mismo tiempo, las preguntas se acumulaban en su interior como una tormenta.
¿Por qué Alexander había esperado tanto para decírselo? ¿Qué significaba eso para su vida? ¿Y cómo podía reconciliar la imagen de un padre cruel y abusivo con la nueva verdad?
Lucien, por su parte, estaba sumido en su propio tormento.
Desde la cama, la observaba con una mezcla de dolor y arrepentimiento. Sabía que había perdido cualquier oportunidad con ella, pero la revelación de que Grace era hija de Alexander lo había dejado atónito. Quería decir algo, cualquier cosa, pero las palabras parecían atrapadas en su garganta.
Finalmente, rompió el silencio.
—Grace...
Ella levantó la mirada, pero no respondió.
—Grace, sé que… sé que me dijiste que todo había terminado, pero… solo…
Grace se levantó de la silla, su postura firme y decidida. Sus ojos, fríos y distantes, eran como un muro impenetrable.
—Creo que ya estás bien, Lucien. Yo debo irme.
—Grace, sé que no tienes razones para escucharme, pero... por favor, no te vayas así. Espera, por favor —pidió él, con desesperación en la voz—. No quiero que esto termine así.
Grace lo miró por última vez, pero su expresión era inquebrantable.
—Esto terminó hace mucho tiempo. Descansa, Lucien.
En ese momento, la puerta se abrió, y Alaric entró acompañado del guardaespaldas. El hombre mayor se detuvo al ver a Grace, sus ojos entrecerrándose con perspicacia.
«¿Ella? ¿La hija de Alexander Blackwell?» pensó con desdén.
De inmediato, un recuerdo cruzó por su mente. Grace siempre le había recordado a alguien joven y ahora lo entendía. Era idéntica a la amante de Alexander, una mujer cuyo nombre había sido un susurro prohibido en los círculos de la sociedad.
Dio un paso hacia Grace, con la mirada cargada de hostilidad.
—Ya puedes irte —dijo con frialdad.
Lucien, desde la cama, apretó los dientes.
—¡Abuelo! No tienes derecho a hablarle así.
Grace levantó una mano, deteniendo a Lucien con un gesto. Lo miró por última vez y luego se giró hacia Alaric. Su voz fue firme, llena de dignidad y desafío.
—No se preocupe, señor Stanton. No tenía intención de quedarme, mis hijos me esperan.
Intentó pasar junto a él, pero el hombre mayor no terminó allí.
—¿Ahora eres arrogante porque descubriste que eres hija de Alexander? —se burló—. Yo que tú no estaría tan orgullosa. No eres más que el fruto de una aventura extramatrimonial. ¡Eres la hija de una amante!
Grace se detuvo en seco. Sus manos se volvieron puños y su corazón latió con fuerza. Lentamente, se giró, y en dos pasos estuvo frente a Alaric. La bofetada resonó en la habitación, dejando a todos en silencio.
—No vuelva a insultar la memoria de mi madre —espetó—. Ella fue mucho más digna que cualquiera de ustedes.
El mayor de los Stanton la miró con incredulidad, llevándose una mano a la mejilla. Grace sonrió con frialdad, sus ojos se mantuvieron firmes en él.
—Y no necesito ser hija de Alexander Blackwell para enfrentar a alguien como usted. ¿O es que olvidó nuestra última conversación?
La impotencia de Alaric era evidente.
Su rostro se tensó, y sus labios se apretaron en una línea delgada, incapaz de responder. Grace le lanzó una última mirada de desdén antes de girarse y salir de la habitación, dejando a todos atrás.
Mientras tanto, Lucien observó la escena desde la cama. Alaric, por su parte, permaneció inmóvil, con la vergüenza y la furia ardiendo en su interior.

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