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Llegas tarde: el divorcio ya está firmado romance Capítulo 664

En el instante en que lo vio, la sangre de Yadira se heló en sus venas.

Aterrada, se dio la vuelta de inmediato y se escondió tras la esquina de una enorme columna, sin atreverse siquiera a respirar.

Ese recuerdo insoportable que tanto se había esforzado por enterrar asaltó su mente con tal violencia que las náuseas le subieron por la garganta.

¡Ese había sido el momento más oscuro y desesperante de toda su vida!

Yadira no soportó estar allí un segundo más. Huyó del edificio presa del pánico y condujo a toda velocidad de regreso al hospital.

No fue hasta que vio a su hijo, Jaime, descansando en la cama del hospital, que su corazón alterado encontró un poco de paz.

Abrió la puerta con delicadeza, se sentó al borde de la cama y abrazó a su pequeño. Era como si ese abrazo fuera su único ancla a la seguridad.

Jaime abrió los ojitos, medio adormilado, y murmuró:

—Mami, ¿qué haces aquí? ¿Pasó algo malo?

Yadira se secó discretamente una lágrima de la comisura del ojo y negó con la cabeza, incapaz de articular palabra.

Pero al observar el rostro de su hijo, que cada día se parecía menos a Nelson, su corazón volvió a hundirse. Un pánico profundo y visceral se apoderó de ella.

Su mirada se desvió hacia la foto de los tres que siempre adornaba la mesa de noche de Jaime.

«¿Por qué no puedes parecerte un poco más a él?», pensó con amargura.

Yadira limpió suavemente el polvo del marco, trazando con la yema del dedo el rostro de Nelson en la fotografía, mientras sus pensamientos viajaban inevitablemente muchos años atrás.

En aquel entonces, ella acababa de entrar a la preparatoria y terminó internada en el hospital por una apendicitis aguda.

Su madre, Mía Jiménez, estaba hasta el cuello de trabajo con un caso importante y no podía quedarse a cuidarla.

Así que, poco después de su cirugía, Yadira tuvo que arrastrar su cuerpo aún débil y bajar sola al comedor a comprar su comida.

Justo al pasar por las escaleras que llevaban a la azotea del hospital, se topó con un muchacho delgado, parado peligrosamente cerca del borde.

Lo reconoció al instante: ¡era Nelson!

Sin dudarlo ni un segundo, se acercó a él.

Aunque en ese momento Nelson fue grosero y se veía aterrador, ella hizo todo lo posible por convencerlo de que no cometiera una locura.

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