A pesar del acento, que dificultó un poco la comunicación, Doña Marta fue muy amable. Trataba de hacer memoria mientras hacía gestos con las manos, y Fabio intentaba deducir lo que le decía.
Al final, Doña Marta lo llevó afuera y señaló hacia un viejo árbol de cedro ubicado al oeste del pueblo.
—Váyase por allícito nomás, cruce el puente, y cuando vea una casa con faroles rojos en la puerta, ¡esa mismita es! ¡Está relujosa, la va a reconocer al tiro!
Fabio miró hacia donde Doña Marta le indicaba, le agradeció una vez más y se marchó con sus compras en la mano.
Siguiendo las indicaciones, caminó hasta llegar bajo el viejo cedro al oeste del pueblo.
Se detuvo en una elevación, miró hacia arriba y, en efecto, ahí estaba: una imponente casa de dos pisos con un estilo muy elegante.
Paredes blancas, tejado rojo e incluso paneles solares en el techo. Todo el patio estaba rodeado por una bonita valla de hierro forjado.
Ese estilo tan moderno contrastaba fuertemente con el resto del antiguo y modesto pueblo.
Fabio se detuvo en seco, con un destello de asombro en sus ojos.
Esa no parecía la casa de unos aldeanos cualquiera; ¡era sin duda la más llamativa de todo el Pueblo de los Cedros!
Frunció el ceño instintivamente, ya que esto no cuadraba con la información que había recabado antes de venir.
Los informes indicaban que la situación económica de la familia de Luciano Solís siempre había sido bastante precaria, incluso tuvo que pedir préstamos para poder estudiar en la universidad.
¡Pero la casa que tenía frente a sus ojos solo hizo que sus sospechas aumentaran aún más!
Apartó la mirada y, disimuladamente, comenzó a caminar hacia allá.
Al pasar junto al gran cedro, vio a un hombre mayor fumando tabaco de pipa sentado en una piedra.
Fabio lo pensó un momento, puso las manos en la espalda y, con un aire relajado y casual, se acercó para iniciar una conversación con total naturalidad:
—Buenas, don. ¿Ese es tabaco de pipa, verdad? ¡Igualito al que fuma mi apá, de esos que raspan fuerte!
Don Efraín asintió con una sonrisa.


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