Nelson continuó:
—Sabes perfectamente que ustedes nunca se han llevado bien. Nuestra boda es un día muy importante para Ivana y quiero que sea completamente feliz. Solo así nuestra boda será perfecta, ¡por eso es mejor que no vayas!
Yadira apretó los dientes en secreto, y un destello de resentimiento cruzó por su mirada.
«¡Qué hombre tan desalmado! ¿Acaso no se da cuenta de lo mucho que lastiman sus palabras?».
Pero ese resentimiento fue rápidamente ahogado por un profundo sentimiento de impotencia.
Levantó la cabeza y su mirada volvió a nublarse un poco.
—Tengo sed. ¿Podrías traerme agua, por favor?
Nelson frunció el ceño y, al verla así, asintió sin prisa.
—Está bien.
Se dio la vuelta hacia el dispensador de agua y tomó dos vasos desechables. A sus espaldas, podía escuchar la respiración agitada de Yadira.
Él sabía que sus palabras habían sido hirientes, pero no tenía otra opción.
Regresó con el agua.
A vísperas de su boda, sentía que se estaba comportando como un canalla, dejándola en esa fría habitación de hotel, negándose siquiera a cerrar la puerta para darle un poco de privacidad.
—Hace frío —murmuró Yadira, abrazándose las rodillas con una voz frágil—. Nelson, ¿podrías cerrar la puerta?
Nelson miró hacia la puerta abierta y dudó.
Si la cerraba y se quedaban los dos a solas, un hombre y una mujer, y alguien los veía o Ivana se enteraba, ¡podía ir despidiéndose de su boda!
Sin embargo, al ver el rostro de Yadira, tan pálido que parecía casi transparente, la culpa volvió a invadirlo.
Al fin y al cabo, habían estado juntos durante cinco años.
Cinco años en los que ella había sido completamente devota y complaciente, mientras él descargaba su mal genio con ella.
—Está bien, espérame un momento.


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