Emilio sonaba un poco infantil, pero con un claro tono de queja:
—Papá, ¿por qué vino mi hermana a quedarse en la casa hoy?
Inmediatamente después, se escuchó la voz tranquilizadora de Horacio:
—Tu hermana está enfermita, se siente mal, ¡por eso se quedará unos días con nosotros! Tienes que portarte bien y no hacerla enojar, ¿entendido?
—¡Ah! —Emilio aceptó a regañadientes, pero su voz seguía cargada de frustración—. ¿Y cuándo se va a ir? Mi cama ya es pequeña de por sí, ¡y dormir contigo me aprieta mucho! ¡No puedo ni dormir!
Evidentemente, Horacio no se esperaba esa reacción y suspiró con resignación.
—Solo serán unos días. Ya veremos cuando tu hermana mejore. Y si no puedes dormir es porque estuviste viendo mucho el celular. Cierra los ojos y duerme, que mañana tienes escuela.
Ivana apretó el vaso de agua que llevaba en la mano, a punto de dejarlo caer. Se quedó paralizada un momento más antes de alejarse.
¡Conque era eso!
En esa casa, simplemente no había espacio para ella.
Para no lastimar sus sentimientos, su madre había improvisado que su esposo y su hijo se apretujaran en una cama pequeña.
Como ya estaban en primavera, las noches ya no eran tan frías.
Ivana no encendió la luz y se quedó de pie en la sala por un buen rato.
Miró la puerta cerrada de la habitación principal, renuente a entrar.
Se sentía como una cometa a la deriva en medio de una ciudad que le era tan familiar como ajena, sin un hilo que la guiara ni un rumbo propio al cual seguir.
Sin embargo, no dejó que se le notara nada. Se bebió el agua en silencio y regresó al cuarto.
Acostada en la cama, escuchando la respiración acompasada de su madre a sus espaldas, se quedó con los ojos abiertos hasta el amanecer.
A la mañana siguiente, sonó el despertador y la familia entera desayunó.
Horacio salió apresurado al trabajo, y Emilio se colgó la mochila para ir a la escuela, no sin antes despedirse de ella agitando la mano.
—¡Adiós, hermana, ya me voy!
Mariana también debía irse a trabajar a la librería.
Ivana se cambió de ropa y acompañó a su madre hasta la salida.
En ese instante, recordó de pronto lo que Nelson le había dicho.
—Hace tiempo renté un lugar allá por Residencial Valle de Ónix. Me iré a vivir ahí. ¡El contrato todavía no se vence y sería un desperdicio no usarlo!
Esta vez fue Mariana quien se quedó pasmada.
—¿Valle de Ónix? ¿Cuándo rentaste un departamento ahí? ¿Acaso no estabas siempre...
Estuvo a punto de decir: «¿Acaso no vivías siempre con Nelson Zavala?»
Para convencer a su madre rápido, Ivana inventó una excusa.
—Es que, por mi trabajo de hace un tiempo, quería estar más cerca de la oficina, así que lo renté de forma temporal.
En realidad, no tenía ni la menor idea de dónde quedaba Valle de Ónix ni de cómo era el lugar que supuestamente había rentado.
Pero al menos era un lugar que le pertenecía a ella.
Al ver la firmeza en los ojos de su hija, Mariana asintió, aunque no estaba del todo tranquila.

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