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Llegas tarde: el divorcio ya está firmado romance Capítulo 582

—No me vengas con ese cuento de que lo haces «por su bien». ¡Solo es tu maldita posesividad! ¡Tienes miedo de que vuelva a escapar!

Nelson apretó los puños dentro de los bolsillos de la bata. Sabía que Silverio había dado en el clavo.

—¡Acompáñenlo a la salida! —masculló, casi escupiendo las palabras.

Silverio no se echó atrás.

—¡Tú, Zavala! ¿De verdad crees que esto tiene gracia? ¿No te parece demasiado inmaduro?

Sin darse cuenta, ambos alzaron la voz y los gritos llegaron hasta el interior de la habitación.

Justo en ese momento, la puerta crujió y se abrió. Ivana asomó la cabeza.

Al verla, Nelson se giró de inmediato y le dedicó una sonrisa tranquilizadora.

—¿Te despertamos? No pasa nada, es solo un impertinente que insiste en...

Pensó que, de todos modos, Ivana no recordaría a Silverio.

Pero Ivana, que solo había salido por curiosidad, vio al hombre frente a Nelson y sus ojos se iluminaron de inmediato.

Salió rápidamente, con una sonrisa radiante en el rostro.

—¡Silverio! ¿Qué haces aquí?

Al escuchar ese nombre pronunciado con tanta alegría, la expresión de Nelson se congeló.

¿Cómo era posible?

¿No había perdido la memoria?

No recordaba a su propio esposo, ¿pero sí se acordaba de este infeliz que había aparecido de la nada?

¡Qué injusticia!

Nelson no podía creerlo, especialmente cuando vio la sonrisa de triunfo en el rostro de Silverio. Por dentro, lo maldijo de mil maneras distintas.

Silverio le lanzó a Nelson una mirada disimulada de superioridad, luego levantó el ramo de flores y sonrió como todo un caballero.

—El doctor Zavala quizás no lo sepa, pero Ivana y yo fuimos compañeros de universidad. Nos conocemos desde hace mucho más tiempo que usted. Así que, aunque haya olvidado a cierta gente desagradable, ¡aún me recuerda a mí!

Recibió a Silverio con entusiasmo, le ofreció asiento y hasta le sirvió una taza de café personalmente.

—¡Siéntate donde quieras, Silverio!

Después de entregarle el café, su mirada se posó en Nelson, quien seguía parado junto a la puerta, con el rostro tenso.

Ivana le sonrió, pero en sus ojos ya no había la misma calidez con la que había tratado a Silverio; en su lugar, había una distancia cortés.

—Dr. Zavala, ¿se le ofrece algo más? Si no, puede seguir con su trabajo.

En ese instante, Nelson se quedó paralizado en su lugar.

A Silverio le tembló la mano que sostenía la taza de café; tuvo que bajar la mirada para contener la risa.

Era lógico. Si Nelson estaba jugando a ser el «médico», era evidente que no tenía por qué estar presente mientras su paciente recibía visitas personales.

Nelson se sintió acorralado, pero al ver el rostro sincero de Ivana, no encontró ninguna excusa válida para contradecirla.

Sin embargo, ¿de verdad iba a dejar a Ivana a solas con un hombre que claramente tenía dobles intenciones?

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