¡Pero jamás imaginó que esa pequeña mentira desencadenaría un infierno!
Cuando dices la primera mentira, estás condenado a encubrirla con mil más.
Ese engaño había destruido a Ivana, por eso cada vez que la veía, la culpa lo devoraba por dentro.
Al ver que Adán se quedaba sin palabras, Yadira sintió un inmenso placer recorriéndole el cuerpo.
—¿Y ahora resulta que quieres ser el niño bueno de la película? ¡Ya es muy tarde para eso!
»Si esto sale a la luz, ¿tienes idea de las consecuencias? ¡Te retirarán la licencia médica, perderás tu reputación y jamás volverás a tocar un bisturí!
»Pero eso no es lo peor... Nelson confía ciegamente en ti. Si se entera de que le viste la cara de idiota durante todos estos años, ¿crees que te dejará salir ileso?
Las palabras de Yadira fueron crueles, pero acertadas como balas.
La familia de Adán se dedicaba a las bienes raíces, pero tras sobreendeudarse y la explosión de la burbuja inmobiliaria de hace unos años, lo perdieron casi todo.
Aunque conservaban un par de plazas comerciales, el auge de las compras por internet y las transmisiones en vivo los había dejado vacíos; los locatarios no paraban de cancelar los contratos.
Ese negocio no era más que un cascarón vacío. Había tan poca gente que solo iban de vez en cuando al cine o por algo de comer.
Adán parecía mantener una fachada impecable, ¡pero en realidad estaba acorralado!
Las deudas de su familia eran una soga al cuello que lo asfixiaba todos los días.
Ser médico era su único escudo, su único capital para sobrevivir en la ciudad.
Si perdía ese prestigio, ¡entonces sí que se quedaría en la calle!
Yadira, al verlo tan derrotado y carcomido por el arrepentimiento, bajó la voz repentinamente.
Bajó la mirada, tragándose las ganas de seguir gritándole, y dio un paso hacia él.
Con un gesto inusitadamente tierno, extendió las manos para arreglarle el cuello de la camisa, con la delicadeza de una esposa abnegada.
Al ver el cinismo escondido detrás de esa hermosa máscara, Adán finalmente asintió y murmuró con la voz rota:
—Está bien, te creo.
Yadira sonrió, satisfecha. Volvió a acercarse, como si la discusión nunca hubiera ocurrido, y lo abrazó suavemente.
—Adán, de ahora en adelante, todo lo decidiremos juntos. Pero no vuelvas a mentirme así, ¿sí? ¡Me rompes el corazón!
Adán contempló a la mujer que tenía enfrente. Su sonrisa era como la de una amapola: hipnotizante, pero mortal.
Se quedó inmóvil, dejándose abrazar, y cerró los ojos lentamente.
Hay barcos de los que, una vez que te subes, no puedes bajar.
Hay caminos que, una vez que das el primer paso, no te queda más remedio que seguir avanzando a ciegas.
Incluso si sabes que, al final, te espera un abismo aún más oscuro.

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