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Llegas tarde: el divorcio ya está firmado romance Capítulo 537

Aún antes de llegar a la habitación, los alaridos desesperados que salían de ella lo hicieron apresurar el paso.

—¡Me duele!

—¡Lárguense todos! ¡No me toquen!

—¡Me duele mucho la cabeza! ¡Denme los analgésicos!

Al irrumpir en la habitación, lo que vio hizo que se le helara la sangre.

Ivana tenía el cabello empapado y revuelto. En su rostro, antes pálido, ahora resaltaban venas azules e hinchadas.

Con una fuerza brutal y antinatural, empujó a la enfermera que trataba de sujetarla y comenzó a golpearse la cabeza contra la pared con violencia, como si ese impacto fuera lo único capaz de mitigar la agonía de su cuerpo.

—¡Ivana!

Nelson corrió hacia ella.

Justo en el instante en que iba a estrellar su frente de nuevo contra el muro duro, él interpuso su mano.

¡Pum!

Su cabeza impactó contra la palma de Nelson.

El golpe fue tan fuerte que él sintió la mano entera entumecerse al instante; una prueba clara de la fuerza sobrenatural que Ivana estaba usando.

—¡Ivana, basta! ¡No lo hagas, te vas a lastimar!

La abrazó con todas sus fuerzas para inmovilizarla, intentando que recobrara un poco la razón.

Pero ella no dejaba de retorcerse en sus brazos. Con las uñas clavadas en su antebrazo, dejando rasguños sangrientos, le gritaba de forma histérica:

—¡Me duele! ¿Dónde están mis analgésicos? ¿Por qué nadie me ayuda?

—¡Dámelos ya! ¡Quieren matarme de dolor! ¡Lárguense!

—¡Medicinas! ¡Por favor, te lo suplico, dame mis pastillas!

Quedaba claro que el dolor físico que sentía ni siquiera se comparaba con la tortura atroz de sus nervios consumidos por la toxina.

Nelson la miró a los ojos, que ahora estaban inyectados en sangre y rebosaban de odio. Su propio corazón se partió en mil pedazos.

—Ivana, no puedes tomar más de eso, ¡es veneno!

Pero ella ya había perdido cualquier rastro de cordura. Sentía como si le estuvieran clavando millones de agujas al rojo vivo en todo el cuerpo, un dolor que la había llevado al borde de la locura.

Nelson seguía tratando de tranquilizarla y le explicó:

Ver a una mujer que siempre había sido tan dulce y serena transformada en una criatura violenta y desquiciada por culpa de una droga lo destruía por dentro.

Aún atada, Ivana se retorcía con fiereza en la cama. Las correas se le hundían en la piel, pero ella no paraba de gritar.

Sus alaridos pasaban de ser gruñidos guturales a llantos desconsolados y súplicas desesperadas.

Sin embargo, pronto dejó de emitir sonido alguno.

¡Las enfermeras le habían puesto una mordaza en la boca, aterradas de que pudiera arrancarse la lengua de un mordisco!

El dolor agónico nacía en su cabeza y se expandía como fuego por todo su cuerpo. Parecía que hasta la médula de sus huesos ardía y su ropa ya estaba empapada en un sudor frío.

¿En qué se diferenciaba esto de una tortura?

Nelson tenía los ojos enrojecidos. Lo único que odiaba en ese instante era no poder tomar el lugar de su esposa para sufrir por ella.

Cuando el médico tratante se acercó, él lo agarró del brazo.

—¿No hay nada, absolutamente nada que puedan hacer para calmarle el dolor?

El doctor miró hacia el interior de la sala, a la paciente que aún se retorcía, y luego observó la sangre que empapaba el hombro de Nelson. Negó con la cabeza, impotente.

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