Mariana habló hasta que se quedó sin energías, y al final terminó recostada en el borde de la cama, llorando llena de impotencia.
—¡Ivana, no puedes quedarte dormida así como si nada! ¡Tienes que ser fuerte!
Nelson observó la escena en silencio y finalmente se acercó.
—Señora Mariana, vaya a descansar un rato. ¡Nosotros veremos qué más podemos hacer!
Su voz era muy suave.
Mariana levantó la cabeza y lo miró; parecía querer decirle algo, pero al final no pronunció palabra.
Fue Nelson quien tomó la iniciativa de darle ánimos, con una mirada llena de convicción:
—Tranquila. Ivana no es que no quiera vernos, ¡es solo que está agotada!
Tras mandar a que llevaran a su suegra a casa, Nelson volvió a sentarse junto a la cama.
No se puso a llorar como ella ni empezó a hablarle desesperadamente, sino que se dedicó a reflexionar sobre lo que le había sugerido el doctor.
De hecho, el estado en el que se encontraba Ivana le resultaba dolorosamente familiar.
Era como una persona que se había encerrado a sí misma en lo más profundo del océano, y no importaba cuánto gritaran desde la superficie, simplemente se negaba a subir.
Era muy similar a la época en la que él sufrió de depresión.
En aquel entonces, nada del mundo exterior le interesaba; no quería ver a nadie ni cruzar palabra con nadie, solo quería esconderse en un rincón oscuro donde nadie lo encontrara.
Ese deseo de no despertar, de no enfrentar la realidad, de hundirse en una oscuridad infinita y dejarse llevar por la corriente como si el alma se fuera a la deriva.
—Ivana, sé que estás sola en ese lugar —murmuró Nelson, inclinándose para hablarle al oído.
Su voz, profunda y cariñosa, era como un hilo invisible que intentaba atravesar las capas del océano para atrapar aquel papalote que estaba a punto de perderse en el cielo.
—Estás en ese mar donde no hay dolor ni presiones, ¿verdad?
—Ahí todo es paz, todo es seguro, no hay gente ni problemas que detestes, y nadie puede hacerte daño.
Trataba de usar esas cosas hermosas y llenas de vida para derretir poco a poco la coraza de hielo que la mantenía atrapada.
Pero no bastaba.
Para despertar a alguien que quiere huir de la vida, ¡la belleza por sí sola no es suficiente!
Entonces, Nelson tomó una decisión atrevida y buscó a un conocido que trabajaba en el hospital.
Una tarde llena de sol, empujó la silla de ruedas de Ivana, que aún llevaba el soporte del suero, hasta los pasillos de la sala de maternidad.
A diferencia del silencio sepulcral de cuidados intensivos, ahí se respiraba el origen de la vida; era un lugar lleno de ruido y movimiento.
—¡Buááá! ¡Buááá!
El llanto potente de un recién nacido resonaba por todos lados. Las enfermeras iban y venían a toda prisa entre los quirófanos y las habitaciones, y los familiares no paraban de exclamar asombrados al ver a los bebés.
Nelson contempló la escena y luego se agachó junto a la silla de Ivana. Aunque ella mantenía los ojos cerrados a piedra y lodo, él le empezó a susurrar al oído.

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