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Llegas tarde: el divorcio ya está firmado romance Capítulo 475

—Ah...

Ivana se llevó las manos al estómago instintivamente, frunciendo el ceño por el espasmo.

Era ese dolor familiar, que llegaba sin previo aviso y la hacía sudar frío.

Tuvo que apretar la mandíbula con todas sus fuerzas para evitar que se le escapara un quejido.

¡Pero si estaba segura de haberse tomado la medicina!

Antes, debido al estrés de la competencia, había empezado a tomar esos analgésicos nuevos, aunque sabía que solo disfrazaban los síntomas.

Una vez terminado el evento, había regresado a su medicamento habitual para el estómago.

¿Por qué no estaba haciendo efecto?

El dolor no solo no cedía, sino que parecía irradiar desde sus entrañas hasta las extremidades.

¿Acaso se le había olvidado tomarla?

Ivana estaba tan adolorida que se sentía un poco desorientada; quizás la emoción de haber ganado la hizo olvidar su dosis.

Trató de respirar hondo para relajar el cuerpo y mitigar un poco el sufrimiento, mientras hurgaba en su bolso hasta sacar un frasco.

Eran los analgésicos que llevaba siempre con ella.

Como no traía el protector gástrico, tendría que conformarse con eso.

El sabor amargo de la pastilla le inundó la boca, pero el efecto no tardó en llegar.

En unos quince minutos, ese tormento constante comenzó a desvanecerse.

Ivana se recargó en el sofá y soltó un largo suspiro de alivio.

Justo en ese momento, un colega se acercó al verla tan pálida.

—¿Estás bien?

Ivana no aceptó la copa que le ofrecía y forzó una sonrisa algo débil.

—Me marea un poco la cabeza. Creo que bebí de más.

El compañero, muy atento, no insistió con el alcohol y, en su lugar, le trajo un vaso de agua fresca.

Ivana le dio las gracias y subió al segundo piso buscando un lugar más tranquilo.

En la terraza del nivel superior, la brisa nocturna soplaba fresca, disipando de inmediato el calor sofocante mezclado con olor a alcohol y medicina que la envolvía.

Se apoyó en el barandal. Sola en medio de la noche, sentía que el bullicio del primer piso era de otro mundo.

Silverio estaba a un par de pasos de distancia, con la cabeza ligeramente inclinada hacia arriba, contemplando la luna llena con los ojos vidriosos por el alcohol.

Ivana se sintió un poco avergonzada por lo que había pensado, y tartamudeó levemente al saludar:

—Silverio... ¿tú también subiste?

Él no pareció notar su nerviosismo, pero sí se percató de cómo sus hombros temblaban por el viento frío. Frunció el ceño.

—¿No tienes frío con esa ropa tan ligera? ¿Quieres enfermarte?

Mientras hablaba, se quitó la chamarra del equipo que llevaba puesta desde la tarde.

Antes de que Ivana pudiera reaccionar, esa prenda, aún impregnada del calor de su cuerpo, ya cubría sus hombros.

De repente, a Ivana le dio vergüenza sostenerle la mirada.

—¡Gracias!

Agachó la cabeza y notó cómo la luz de la luna proyectaba sus sombras, alargándolas sobre el piso.

Sus mejillas se sintieron calientes de nuevo.

«Debe ser el alcohol», pensó.

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