El vehículo frenó en seco frente a las puertas de la mansión. Yadira se quedó inmóvil en el asiento por un buen rato antes de atreverse a bajar.
Una sirvienta la estaba esperando en la entrada y la guio hacia la sala lateral donde la señora solía practicar caligrafía.
Doña Daniela estaba pintando, con una expresión mucho más relajada de lo habitual.
Al ver entrar a Yadira, dejó el pincel a un lado.
—¡Has llegado! —Dijo, señalando una silla para que se sentara.
Yadira ocultó su nerviosismo y la saludó con dulzura:
—¡Hola, abuela!
Se sentó con sumo cuidado, manteniendo la espalda recta para que la anciana no tuviera motivos para criticar su postura.
No tenía idea de cuál podía ser esa «excelente noticia».
Doña Daniela la miró con una sonrisa inusual de aprobación.
—Te pedí que vinieras hoy porque quería felicitarte.
—¿Eh?
Yadira se quedó en blanco.
—¡Todo es gracias a ti! Nelson por fin ha aceptado volver a involucrarse en los asuntos de la empresa.
Mientras hablaba, su voz mezclaba alivio y un toque de exasperación.
—Antes no había quien lo sacara de ese hospital suyo. Le rogué mil veces y nunca me hizo caso. Y ahora, de la noche a la mañana, cambia de actitud y empieza a interesarse en los negocios. ¡Seguro que tú tuviste mucho que ver en eso!
El alma de Yadira, que había estado pendiendo de un hilo, volvió al cuerpo de inmediato.
¡Conque era por eso!
Aunque Nelson seguía trabajando en el hospital, recientemente había empezado a dedicarle tiempo a la empresa familiar todos los días.
Quién diría que Doña Daniela se daría cuenta y, para colmo, se lo atribuiría todo a ella.
Yadira no perdió tiempo en esbozar una sonrisa modesta.
—Muy bien, ya puedes retirarte. Mientras sigas portándote así de bien, te aseguro que no te faltará nada.
Yadira salió de la mansión radiante de felicidad, aferrando el estuche de joyas contra su pecho.
Pero en cuanto cerró la puerta de su auto y se recostó contra el asiento, soltó un largo suspiro y la sonrisa se le borró de la cara.
La única razón por la que esa vieja bruja la trataba bien era porque creía que Jaime era el hijo de Nelson. Pero... ¿y si Ivana estaba embarazada de verdad?
Entonces, todas las atenciones y regalos serían para el hijo de Ivana, ¡y ella se quedaría con las manos vacías!
Esa punzada de inseguridad no la dejaba en paz; de repente, hasta las joyas le parecían menos valiosas.
¡No podía quedarse de brazos cruzados! Tenía que idear un plan para poner a prueba a Ivana y descubrir de una vez por todas si esperaba un bebé.
...
En una oficina de la Calle de San Rafael.
Nelson acababa de terminar una intervención quirúrgica de alto riesgo. Su cuerpo entero iba perdiendo poco a poco la tensión acumulada, y en su rostro aún se notaban las marcas de la mascarilla médica.

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