El corazón de Draco dio un vuelco, pero no se atrevió a revelar su desesperación tan fácilmente.
¡Sabía que negociar con lobos requería extrema cautela!
¿Quién le aseguraba que esto era un salvavidas y no un pozo sin fondo?
Pero lo cierto era que estaba contra la espada y la pared. Escuchó su propia voz, ligeramente temblorosa, preguntar:
—¿Qué clase de negocio?
La sonrisa de Mía Jiménez se ensanchó.
—Debes conocer a Nelson Zavala, ¿verdad? Creo que también has visto a su esposa, Ivana. Hace unos años, durante un altercado en el hospital, ella recibió una puñalada por él. Su estómago quedó gravemente dañado. Con el tiempo, eso degeneró en un tipo de cáncer... no recuerdo bien el nombre. ¡Toma!
Le tendió un trozo de papel.
Draco lo tomó y leyó:
—¿CGP... Cáncer Gástrico Progresivo?
Como estudiante de medicina, explicó por inercia:
—Es una enfermedad incurable. El tratamiento exige la extirpación de casi todo el estómago, por lo que el paciente no puede soportar estrés, necesita reposo absoluto y analgésicos de por vida.
—¡Como se espera de un profesional! —lo halagó Mía—. Hace poco me enteré de que Ivana participará en una competencia muy importante y está desesperada por conseguir analgésicos, ¡pero Nelson se niega a dárselos!
—Y casualmente, recuerdo que el medicamento del que estás a cargo ahora, representante Draco, es justamente un analgésico, ¿no es así?
Draco se quedó pensativo. Tras un momento, replicó con frialdad:
—¿A dónde quiere llegar con todo esto?
Mía dejó de darle vueltas al asunto.
—Muchos dicen que Nelson se casó con Ivana solo por la puñalada que ella recibió. Independientemente de si hay amor o no, ¡te aseguro que siente una inmensa culpa hacia ella!
—Por lo tanto, si algo le llega a pasar a Ivana por tomar ese medicamento, él se sentirá aún más responsable. ¡Es el momento perfecto!
—Ivana busca analgésicos, y tú los tienes. Es la ley de la oferta y la demanda, ¿no crees?
—¡Pero de cómo y cuánto deba tomar, eso lo decidirás tú, el experto!
La mujer mantuvo una ligera sonrisa mientras pronunciaba aquellas palabras.
Draco sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Pero no era estúpido.
—Abogada Jiménez, qué considerada es al pensar en mi bienestar. Pero después de dar tantas vueltas, ¿qué gana usted con esto? ¿Y por qué debería aceptar?
No creía ni por un segundo que Mía Jiménez lo estuviera ayudando por pura bondad.

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