—¿Eh?
David se quedó pasmado.
¿La cuñada era así de buena onda?
No solo le sonreía, ¿también pensaba regalarle algo?
Carmen, al escuchar esto, frunció los labios con disgusto.
¡Mira nada más!
Le iba a dar un regalo a David y a ella ni la volteaba a ver. Clarito se notaba que no le caía bien.
—Cuñada, ¿de verdad me vas a dar lo que yo quiera? —preguntó David, con mucho cuidado.
—Sí.
Melisa hizo una pausa y añadió:
—Solo no me pidas el sol, eso sí está imposible, no puedo conseguirlo.
David se quedó en silencio.
Tampoco era tan ingenuo como para pedir el sol, ¿para qué haría algo tan tonto?
Sin seguirle el juego, dirigió la mirada a Elvira y Damián Pacheco.
—Papá, mamá, ¿puedo pedirlo?
Elvira puso los ojos en blanco.
—Nada más no te vayas a pasar.
El regalo de Melisa era un gesto de cariño, así que tampoco podía rechazarlo.
Pero ella sabía perfectamente qué era lo que David tenía clavado en la cabeza y que nunca le había comprado. No era cuestión de dinero, sino que lo que él quería era una moto de edición limitada.
Aunque tuvieran el dinero, conseguirla era otra cosa; esas motos solo se vendían en el extranjero y era casi imposible dar con un vendedor.
Además, David apenas iba a cumplir dieciocho años, ¿para qué quería una moto? Era demasiado peligroso.
Y ni hablar, tampoco habían encontrado dónde comprarla.
Elvira, que sabía que Melisa era capaz de muchas cosas, dudaba que hasta ella pudiera conseguir esa moto. No quería que, por culpa de un regalo, David terminara decepcionado y eso afectara la relación entre ellos como cuñados.
Creía que había sido muy clara, pero David pareció no entender nada. Súper emocionado, sacó su celular y se lo mostró a Melisa.
—¡Yo quiero esta moto!
Elvira casi explotó por dentro.

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