—¿Así que hoy, pase lo que pase, no vas a dejarnos llevarnos a Fabricio? —preguntó Cristian con voz grave.
Melisa soltó una risita y se hizo a un lado, dejando el paso libre.
—Inténtalo si quieres, a ver qué pasa.
La cara de Cristian se puso tan tensa que parecía a punto de explotar.
Melisa lo decía como si nada, pero las agujas plateadas que tenía entre los dedos ya casi se le escapaban de la mano.
Él estaba seguro: si se atrevía a empujar la puerta del cuarto de Fabricio, esas agujas terminarían clavadas justo en su cabeza.
¿Y por qué en la cabeza?
Porque, en ese momento, Melisa lo miraba fijo, como calculando cuál punto sería el más doloroso.
Cristian respiró hondo, tragándose el coraje.
—¡Bien! Muy lista. Quiero ver cómo te las arreglas cuando venga la autoridad de verdad —espetó, y se fue con su gente detrás.
No se atrevía a enfrentarse directamente con Melisa.
Las órdenes eran claras: Melisa nunca seguía las reglas.
Si se le hablaba bonito, podía hacer lo que fuera por el país, pero si alguien se atrevía a desafiarla, podía acabar muy mal. Y si se le cruzaban los cables, hasta podía traicionar a cualquiera.
Al final, Melisa no era como los demás.
Hasta el expediente de su enfermedad mental seguía ahí, en el escritorio del jefe.
El propio jefe había dicho que solo Fabricio podía controlarla.
Por eso le tocó a él venir a buscar a Fabricio para interrogarlo, y le advirtieron que fuera amable.
Pero era imposible no molestarse.
Las familias Peña y Pacheco llevaban años siendo rivales. Finalmente se presentaba una oportunidad para dejar a Fabricio en ridículo, y Cristian no quería perderla.
Sin embargo, Melisa le daba miedo.
Por eso planeó venir cuando Melisa no estuviera, pero ella apareció rapidísimo.
Antes de irse, Cristian lanzó una última mirada llena de rabia a la puerta del cuarto de Fabricio. La frustración le deformaba el rostro.
No entendía cómo Fabricio podía tener tanta suerte.
¿Cómo logró que una chica como Melisa fuera su novia?
Cristian pensó que sería genial tener a Melisa de su lado. Si la familia Peña contara con una chica así, la familia Pacheco jamás levantaría cabeza.

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