Está bien.
Por el bien del objetivo principal, Melisa decidió aguantarse.
—Hola, señorita —Melisa mostró una sonrisa dulce, saludando con toda la amabilidad posible.
Gabriel se quedó mirando a Melisa con los ojos abiertos de par en par.
¿De verdad era su hermana?
¿Sería que no había despertado bien y estaba soñando?
¿Desde cuándo Melisa tenía ese lado tan dócil y encantador?
¿Cómo es que nunca lo había notado antes?
—Hola, señorita, yo soy la amiga de Meli —Carolina también sonrió con picardía—, su mejor amiga, para que quede claro.
Gabriel volvió a mirar a Carolina, con una expresión como si su mundo se estuviera resquebrajando.
Empezaba a pensar que, definitivamente, no había terminado de despertar, porque estaba viendo cosas demasiado extrañas.
—Mucho gusto.
Nadie puede resistirse al encanto de una chica dulce y educada, y Berenice no era la excepción.
Sonrió y devolvió el saludo a Melisa y Carolina.
Después, Berenice le preguntó a Gabriel:
—¿Cuántos días piensas quedarte en Villa del Oro Escondido?
—Me regreso pasado mañana —respondió Gabriel—. Ramiro y yo, junto con otros dos amigos, fundamos una empresa de tecnología. Esta vez vinimos para cerrar un trato con otra compañía. Justo ayer firmamos el contrato. Pensaba aprovechar para traer a mi hermana y pasar dos días aquí, y luego volver.
Gabriel hizo una pausa, sacó un sobre de su mochila y lo puso frente a Berenice.
—Por cierto, esto es para ti.
Berenice se quedó un momento sorprendida.
—¿Y eso qué es?
—Un regalo —explicó Gabriel—. Tú nos dijiste que, después de graduarte, regresarías para casarte. Nunca nos mandaste invitación ni pudimos ir a tu boda. Así que este es el regalo de parte mía y de Ramiro, junto con los otros dos. Cuando supieron que venía a Villa del Oro Escondido, me encargaron que te lo trajera.
Berenice miró el sobre y sintió cómo se le humedecían los ojos.
Después de un momento, forzó una sonrisa.
—Gracias. Pero no me casé.
—¿No? —Gabriel se sorprendió—. ¿No que ya tu familia lo tenía todo arreglado? ¿Qué pasó?
—Pasaron algunas cosas y al final no se hizo —Berenice lo miró—. ¿Y tú? ¿Ya te casaste?
Gabriel, por pura inercia, estuvo a punto de decir que sí.
Pero recordando para qué estaban ahí, negó con la cabeza.

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