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La Verdadera Heredera que Regresó del Infierno romance Capítulo 484

Al día siguiente.

Gabriel, cumpliendo con lo acordado, llevó a Melisa y Carolina al centro de Villa del Oro Escondido, a una cafetería famosa por su merienda.

Everardo se quedó en el hotel, esperando noticias.

Cuando Melisa y los demás llegaron, Berenice aún no aparecía.

Eligieron una mesa en una esquina, lo más apartada posible.

Carolina, siempre atenta, echó un vistazo al ambiente y se inclinó hacia Melisa para susurrarle:

—Hoy los clientes se ven raros.

La noche anterior, tras la llamada de Gabriel con Berenice, ya habían venido a revisar el lugar. Ayer el local estaba lleno de gente variada, de todo tipo.

Pero ese día, todos los clientes parecían cortados con la misma tijera: tenían pinta de oficinistas.

No importaba si eran hombres o mujeres, todos vestían traje y corbata, o trajes sastre.

Carolina recorrió el local con la mirada y no pudo evitar torcer la boca.

—¿Quién viene todo vestido de traje solo para tomar la merienda? —masculló.

Una cosa es que uno o dos vinieran directo del trabajo, sin pasar por casa, pero que toda la cafetería estuviera llena de gente en traje, ya era demasiado raro.

Y no solo a ellas les llamaba la atención, hasta los meseros cuchicheaban detrás de la barra, sin disimular su curiosidad por los clientes tan uniformados.

Melisa no se giró a verlos, simplemente llamó al mesero y pidió unas porciones de pastel. Luego, con total tranquilidad, comentó:

—Todos traen encima el mismo rastro de los bichos esos.

Carolina se enderezó de golpe.

—¿Todos son de Aldea Resurgente?

Melisa ya les había dicho que por los alrededores de Aldea Resurgente se sentía esa presencia extraña.

—No estoy segura —respondió Melisa, echando una mirada discreta a la ventana.

Del otro lado de la calle, una chica con vestido blanco y dos trenzas los observaba desde la acera.

Era una chica guapa, de esas que llaman la atención en cualquier lugar.

Melisa, que ya había visto a muchas mujeres bonitas, tuvo que admitirlo: esa muchacha tenía una belleza que parecía de otro mundo, como un hada caída en la ciudad.

Melisa apartó la vista sin mostrar emoción, y siguió platicando con Gabriel y Carolina, aunque de vez en cuando volvía a mirar hacia la calle.

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