Después de que Cristóbal se marchó de la familia Orozco, Iván salió sigilosamente de su escondite y de inmediato marcó el número de Melisa. Le informó de todo lo que había ocurrido por ese lado.
En cuanto colgó, uno de sus hombres se acercó con paso firme.
—Jefe, ya revisamos a toda la familia Orozco. No hay ningún problema con ellos.
Iván asintió con la cabeza, sin mostrar emoción.
—Quédate pendiente y asegúrate de que todos permanezcan en el hospital por ahora. Cuando resolvamos lo que tenemos aquí, podrán regresar.
El subordinado aceptó la orden y se fue enseguida.
Iván levantó la mirada hacia el cielo y soltó un suspiro. Por fin, los asuntos con la familia Orozco estaban por terminarse. Sabía que era momento de ir con el señor Fabricio.
...
Por otro lado, en el Barrio Solano.
Bruno descendió de la montaña y se dirigió directo hacia el Barrio Solano, sin perder ni un segundo. Ya había avisado a la gente que tenía infiltrada en la construcción; en ese momento, todos estaban ocupados moviendo cajas.
Bruno fue directo hasta donde estaba el responsable del sitio y preguntó con voz tensa:
—¿Ya está todo listo?
—Solo queda la última caja. En cuanto la carguemos, nos vamos —respondió el encargado, sin titubear.
Bruno no respondió. Se acercó y abrió la caja más cercana. Dentro, acurrucado, había un niño pequeño, de no más de tres o cuatro años. El niño estaba bajo los efectos de algún sedante y dormía profundamente.
Solo después de revisar que el niño seguía con vida, Bruno dio la instrucción, con voz seca:
—Escucha bien: ninguno de estos niños puede morirse antes de llegar al destino. Esos órganos solo sirven si están frescos.
—No te preocupes —contestó el encargado—. El medicamento no les hace daño. Solo los mantiene dormidos. En cuanto lleguemos, se van a despertar.
En ese momento, otro de los trabajadores corrió hacia ellos.
—Ya terminamos de cargar todo.

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