Fabricio y Melisa almorzaron en aquel restaurante campestre.
Pero el trabajo en Monarca Nova no le daba tregua a Fabricio. No podía darse el lujo de quedarse más tiempo en Real Fortia.
Y es que, para colmo, los hermanos Bruno seguían sin dar señales de vida. El caso de tráfico de órganos estaba en plena ebullición, los de arriba apretaban y era necesario indagar no solo sobre los Bruno, sino también sobre los otros involucrados. Así que, apenas terminaron de comer, Fabricio tomó su maleta y se fue directo al aeropuerto, rumbo a Monarca Nova.
Por su parte, Melisa tenía pensado volver a la casa de la familia Orozco. Sin embargo, algo le cruzó por la mente, algo que la hizo cambiar de rumbo. Giró el volante y terminó en otro destino.
Aldea Urbana.
El pequeño terreno de Giselle.
Melisa se quedó de pie un momento, mirando a su alrededor con cautela. Solo cuando estuvo segura de que nadie la vigilaba ni había amenazas cerca, se animó a cruzar la entrada de ese sitio, que ya parecía abandonado por completo.
La maleza se adueñaba del patio. Su huerto de plantas medicinales, aquel que tanto cuidaba, había quedado destruido desde la última invasión de la Noche Roja. Todavía se notaban huellas de botas marcadas en la tierra negra.
Melisa se detuvo ante una de esas marcas. Sus ojos oscuros parecían brillar con una ira contenida, como si le brotara fuego de la mirada.
Solo después de unos segundos, consiguió aplacar el enojo y levantó la vista hacia la escalinata. Por un instante, casi creyó ver a esa mujer de vestido rojo girando sobre sí misma, sentada ahí, tan coqueta y bella, con un cigarro entre los dedos y esa manera sensual de soltar el humo.
Melisa vaciló, pero al final no se detuvo más y siguió caminando hacia el interior.
Las veces anteriores había salido de ahí con demasiada prisa, sin tiempo de registrar el lugar. Ahora, quería ver si de casualidad encontraba alguna pista que hubiera pasado por alto.
La casa estaba hecha un desastre. Los muebles tirados, los cajones y estantes vacíos, todo cubierto por una gruesa capa de polvo. No quedaba nada útil a simple vista.
Sin titubear, Melisa se dirigió al sótano.
Ahí la escena no era diferente: botellas y frascos vacíos regados por el piso, un caos total.
Melisa echó un vistazo general, ignorando el tiradero, y empezó a recorrer la pared con la mano, palmo a palmo.
Nunca antes había entrado al laboratorio de Giselle. Desde que regresó de Félera, tampoco se había atrevido a volver. Había demasiados ojos puestos en ella. Tenía que esperar el momento justo, cuando bajaran la guardia.
Sabía que debía encontrar la fórmula que Giselle había dejado, pero sin el original, era imposible replicarla. Por eso estaba ahí, buscando si quedaba alguna pista.
De pronto, sus dedos toparon con una piedra sobresaliente en la pared. Sin dudarlo, presionó. Un segmento de la pared se hundió, revelando un compartimiento oculto. Adentro, descansaba un cuaderno viejo, con la tapa ilustrada por una flor roja, vibrante: una rosa.
Melisa tomó el cuaderno y volvió a dejar el mecanismo de la pared como estaba.

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