Al día siguiente.
Después de desayunar, Melisa se llevó a Lucía a la calle.
Lucía iba desconcertada todo el camino, sin tener la menor idea de a dónde la llevaba Melisa.
No tardaron mucho en llegar; el carro se detuvo frente a un edificio de departamentos antiguos, de esos donde viven sobre todo familias y gente mayor.
Melisa se quitó el casco y entró sin dudar.
Lucía la siguió a toda prisa.
En el tercer piso, Melisa se detuvo y tocó la puerta. Al poco rato, una anciana abrió y la miró sorprendida, quedándose quieta unos segundos. De pronto, una sonrisa cálida le iluminó la cara.
—¿Meli? ¡Niña, cuánto tiempo sin venir a vernos!
Melisa le regaló una sonrisa tranquila.
—He estado un poco ocupada estos días, señora. ¿Cómo sigue de salud?
—Muy bien —contestó la anciana, mostrándose animada—. Tu maestro y yo seguimos tomando las pastillas que nos trajiste. Nos sentimos de maravilla. Todos los días vamos juntos al parque, platicamos y bailamos con los demás viejitos, la pasamos de lujo.
Mientras hablaba, la anciana las invitó a pasar.
—Entra, entra. Justo tu maestro ha estado hablando de ti estos días. Si se entera que viniste, seguro ni va a poder dormir de la emoción.
Melisa y Lucía entraron al departamento. La anciana, sin perder el tiempo, gritó hacia una de las habitaciones:
—¡Benjamín Ventura! ¡Sal rápido, que Meli está aquí!
Enseguida, un señor mayor salió caminando despacio. Al ver a Melisa, fingió poner cara seria.
—¡Niña tremenda! ¿Hasta ahora te acuerdas de este viejo? ¿De plano ya me olvidaste?
Melisa soltó una risa suave.
—¿Cómo cree? Aunque olvide todo, a usted nunca lo olvido.
—¡Bah! —rezongó el viejo, intentando ocultar su alegría—. Ya me enojé.
—¿Y si primero come y luego se enoja? —Melisa levantó la bolsa con ingredientes—. Traje lo necesario para preparar su pescado agridulce favorito.
Los ojos del viejo brillaron como niño con juguete nuevo.
—¿Qué esperas? Ya ni recuerdo desde cuándo tengo antojo de eso.
—Enseguida lo preparo.
Melisa volteó hacia Lucía, que seguía parada en la puerta como estatua.
—Ven, ayúdame.

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