Lucía miró a Melisa y le dedicó una leve sonrisa.
Luego, giró hacia Natalia y comentó:
—Mamá, en ese momento la culpa fue mía. No debí decirle eso a mi prima, que me haya castigado a limpiar la casa se lo tenía bien merecido. Además, ustedes solo ven lo que está en la superficie, pero la verdad es que mi prima es increíble. Deberías apoyarla también.
A Natalia casi se le fue el aire de la rabia.
Ni siquiera sabía en qué momento su adorada hija había terminado completamente controlada por Melisa.
Sentía que le iba a dar algo.
—Miren nomás, ahora resulta que hay más gente apoyando a mi hermana —Gabriel habló con sorna, disfrutando el momento—. Parece que no hay de otra, la única opción es que ella lidere la familia Orozco.
Así era esto, por menospreciar a su hermana.
¿Y ahora? ¿Cómo les caía el golpe?
Nada como una buena cachetada de realidad.
A excepción de los jóvenes de la familia Orozco, los adultos presentes tenían el semblante más oscuro que una noche sin luna.
—¡Yo no estoy de acuerdo! —Bruno, incapaz de contenerse, dio un paso adelante—. Papá, abuela, no es que quiera competir con Melisa por la herencia, pero he trabajado toda mi vida para llegar a donde estoy. Si hoy van a entregarle la familia Orozco a alguien más capaz que yo, lo acepto con gusto, pero ahora… esto, no puedo aceptarlo.
Jimena lo miró sin expresión y soltó, tajante:
—Lo que estoy anunciando hoy no es para discutirlo con ustedes, solo se los estoy informando.
—Ja —Cristóbal soltó una risa desdeñosa, dirigiendo una mirada cortante a la anciana.
Vieja terca, ocupando espacio de más. Se lamentaba de no haberle dado una dosis más fuerte la última vez. Tenía que buscar la oportunidad para mandarla directo al panteón.
—Abuela, en realidad yo no pertenezco a la familia Orozco, así que quizá no debería opinar…
Florencia intentó intervenir, pero Jimena la interrumpió antes de que terminara:
—Entonces mejor cállate.


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