Jimena inhaló profundo, tratando de controlar el enojo que hervía en su interior.
Su mirada recorrió con desdén a todos los Orozco, el rostro impasible mientras decía:
—Le entregué la empresa a Melisa, no porque tenga el respaldo de Fabricio y Carolina, sino porque confío en su capacidad…
No terminó la frase. Elena la interrumpió de inmediato.
—¿Capacidad? ¿De qué hablas, mamá? ¿La capacidad de no respetar a los mayores y de hacer lo que le da la gana? ¿O la de golpear a su propio hermano y a su tía, solo porque Fabricio la apoya? ¿Esa es la capacidad de la que hablas? Mamá, la familia Orozco no es solo tuya. La empresa era de papá y ahora que él ya no está, decidir quién la dirige es cosa de todos.
Apenas Elena terminó de hablar, Nicolás intervino.
—Yo estoy de acuerdo en que Melisa se haga cargo de la familia Orozco.
Esa declaración cayó como un balde de agua fría. Los rostros de los presentes cambiaron de inmediato, la sorpresa y la molestia se mezclaron en el aire.
Jaime frunció el ceño.
—Hermano, ya bastante tenemos con mamá, ¿ahora tú también quieres hacer lo que se te antoja?
—Siempre has dicho que lo más importante es la capacidad. Bruno te ha apoyado en la empresa desde que se graduó, y todos sabemos que sí le sabe al negocio. Si le dieras la empresa a él, nadie aquí pondría un pero. Pero Melisa… ella no puede con esto —dijo Darío, la voz cargada de preocupación.
Darío, siendo el segundo hermano de Melisa, no tenía nada personal contra ella. Pero encargarle la familia Orozco y la empresa… sentía que Melisa no daba el ancho.
La familia Orozco había llegado hasta ese punto con mucho esfuerzo, y él no iba a quedarse cruzado de brazos viendo cómo todo se iba al traste por una decisión precipitada.
Melisa, de pie junto a Jimena, dejó que su mirada aguda se paseara, sin prisa, por cada miembro de la familia. Una sonrisa ligera, casi imperceptible, se dibujó en sus labios.
Fabricio, a su lado, le lanzó una mirada de reojo y sonrió apenas.
—Meli, ¿quieres que te eche una mano para ponerlos en su lugar?
Ella apenas lo miró, con indiferencia.
—No hace falta.
Fabricio soltó una risita.
—Tu abuelita ya no aguanta mucho más. ¿De verdad no vas a intervenir?
Melisa volvió a observar al resto de los Orozco, girando el vino en su copa.
—No hay prisa. Espera un poco más.
Esperaba a que algunos se delataran solos.
Mientras tanto, las ramas secundarias de la familia intentaban convencer a Nicolás, pero él no se inmutaba.


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