Serena quería acompañarlos personalmente, pero tanto los maestros como su abuelo se negaron en rotundo, no querían que se agotara con el viaje de ida y vuelta.
Los observó subir al vehículo con nostalgia, y no se dio la vuelta para entrar hasta que el auto desapareció por completo de su vista.
Por la tarde, llevó a Érard Rocks a visitar la tumba de su madre.
Se puso en cuclillas, dejó un ramo de flores frente a la lápida y, mirando la fotografía, dijo: —Mamá, traje a papá para que te visite.
—Mamá, Jaime y yo tuvimos una boda hermosa. Seguro que la viste desde el cielo.
—Ah, y también estoy esperando un bebé. Por favor, cuídalo desde allá arriba para que nazca sano y salvo.
—Mamá, el abuelo ya recuperó la memoria, pero no quiso quedarse a vivir conmigo. Se fue a la montaña con los maestros.
—No te preocupes, mamá, ya descubrí que fue Ricardo quien te hizo daño. Te prometo que te vengaré.
—Te extraño mucho, mamá... ¿cuándo vendrás a visitarme en mis sueños?
Tras hablar un buen rato con su madre frente a la lápida, Serena se apartó para dejar a su padre a solas.
—Papá, quédate hablando con ella. Te esperaré por allá.
Dicho esto, se alejó un poco, indicándoles a los guardaespaldas que vigilaran desde lejos sin interrumpirlo.
Sabía que su padre tenía muchísimas cosas que decirle a su madre.
Además, ese hombre mayor siempre terminaba llorando cuando se trataba de ella, así que prefirió darle algo de privacidad y salvar su orgullo.
Érard pasó una hora entera frente a la tumba de la mujer que amaba, recordando los hermosos momentos que compartieron en el pasado.
Una hora después, se despidió y abandonó el cementerio.
Al verlo con los ojos enrojecidos, Serena supo de inmediato que había vuelto a llorar.
Érard le dijo, apenado: —Serena, papá tiene que regresar a Sudáfrica. Cuídate mucho.

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