Con la situación actual de su familia, ella no lograba imaginar a nadie dispuesto a ayudarles. Al fin y al cabo, Jaime de la Riva había dejado las cosas muy claras: cualquier empresa que hiciera negocios con la familia Herrera sería vetada por el Grupo De la Riva.
En toda la capital, ¿quién se atrevería a ofender a los De la Riva?
—El Sr. Valero, el magnate inmobiliario de la capital.
Don Herrera continuó con entusiasmo: —Si logramos complacer al Sr. Valero, él estará dispuesto a inyectar capital a nuestra empresa. Así podremos salvarnos.
La Sra. Herrera dudó: —¿Y cómo se supone que vamos a complacerlo? ¿Sabes qué es lo que le gusta?
Al escuchar eso, Julieta tuvo un pésimo presentimiento.
Como era de esperarse, Don Herrera dijo: —Lo que más le gusta al Sr. Valero son las mujeres. Si Julieta va y lo complace, él estará tan contento que nos dará el dinero.
Julieta chilló: —¡Papá, no voy a ir! ¡Todo el mundo sabe que el Sr. Valero es un viejo pervertido al que solo le gusta usar a las mujeres! Es un asqueroso, no pienso ir.
Ella había escuchado los rumores. A ese hombre le fascinaba someter a las mujeres, tenía gustos retorcidos, sádicos y tendencias violentas. Jamás se rebajaría a algo así.
—Te he mantenido durante más de veinte años. Ahora que la familia está en crisis, que la empresa está a punto de quebrar, y todo por tu culpa, ¿vas a quedarte de brazos cruzados viendo cómo lo perdemos todo?
—Papá, soy tu hija, ¡es tu deber mantenerme! ¿Qué clase de padre le entrega a su propia hija a un viejo sucio?
Ese tal Sr. Valero tenía la misma edad que su padre, además de ser un hombre calvo, panzón y repulsivo. Se negaba rotundamente a complacerlo.
Al ver su actitud tan desobediente, Don Herrera enfureció: —Si no hubieras ido a arruinar la boda de Jaime, ¿estaríamos a punto de quebrar? ¡No me importa si quieres o no, vas a ir!
Él era la única salida; no había nadie más que pudiera ayudarlos.

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