Julieta, sin importarle las consecuencias, proyectó la pantalla de su teléfono y abrió la galería para mostrar las fotos que había tomado en Puerto Coral, donde supuestamente Serena le estaba siendo infiel.
—¿Lo ves, Jaime? Tomé esto de casualidad en Puerto Coral. ¡Serena no te merece, te engaña a tus espaldas acostándose con otros hombres!
Los invitados miraban fijamente las fotografías en la pantalla gigante. Nadie se atrevía a decir una palabra, y el salón quedó sumido en un tenso silencio mientras observaban a la pareja de novios y a Julieta.
¡Esta era la boda del presidente del Grupo De la Riva!
¿Quién era esta mujer? ¿Cómo se atrevía a causar un escándalo en un evento como este?
Doña Leonor se llevó una mano al pecho. —Adrián, ¿qué está pasando aquí?
Adrián la tranquilizó rápidamente: —Abuela, no se preocupe. ¿Acaso no confía en la integridad de Serena? Esto es una rabieta de Julieta para arruinar la boda. Usted mejor que nadie sabe que ella siempre ha estado obsesionada con casarse con Jaime.
Doña Leonor suspiró más aliviada. —Tienes razón, confío plenamente en Serena. Nunca debí permitir que los Herrera subieran al barco, esa Julieta me tiene harta. No recuerdo que antes fuera tan malcriada.
Los rostros de los seis maestros se ensombrecieron por completo, en especial el del segundo maestro, que tenía ganas de abalanzarse sobre la joven y darle una paliza.
Sin embargo, al ver a su discípula tan calmada y serena, supuso que esa mujer no lograría causar un verdadero daño.
Don Fausto y Érard también tenían expresiones furiosas y miraban a Jaime con severidad.
En un rincón del salón, un hombre vestido completamente de negro, con una gorra y un cubrebocas oscuro, le echó un breve vistazo a Julieta antes de sacar en silencio una minicomputadora.
Serena miró las fotografías proyectadas y luego se volvió hacia Jaime.
—¿Crees que te fui infiel? ¿Crees en esas fotos?
Jaime le apretó la mano con firmeza y negó con la cabeza.
—No. Solo creo en ti. Además, esas fotos no prueban absolutamente nada.

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