—Por supuesto que no. La parrillada es solo una excusa, la verdadera razón es que me muero por verte —se apresuró a decir Jaime para evitar que su esposa se molestara.
—Está bien, te guardaré algunas cosas preparadas por mí misma.
—Sabía que mi esposa es la mejor del mundo.
—Pero te advierto algo: la familia de Ricardo Valente no puede subir a ese barco bajo ninguna circunstancia, y tampoco quiero que armen un escándalo en el muelle. Si eso pasa, es muy probable que mi abuelo y mis cinco maestros no te dejen continuar con la boda.
—Descuida. Si esos miserables se atreven a asomar la cabeza, haré que mis guardaespaldas les tapen la boca, los aten y los encierren en una bodega hasta que la fiesta termine. ¿Te parece bien así?
Serena no pudo evitar soltar una carcajada. ¡Había dicho exactamente lo mismo que ella les había dicho a los ancianos!
—Serena, ¿de qué te ríes? ¿No te parece bien que mis hombres hagan eso?
—No es eso. Es que les dije exactamente las mismas palabras a mis maestros y a mi abuelo.
Jaime sonrió, con el corazón lleno de alegría: —Supongo que tenemos una gran conexión telepática matrimonial.
—Sí, claro, lo que tú digas. Te dejo por ahora, voy a descansar un rato y más tarde llevaré a todos a la capital.
—De acuerdo. Avísame cuando llegues y me cuentas todo con más detalle.
Jaime también quería conocer toda la historia detrás de cómo Ricardo había lastimado a su suegra en el pasado y los horrores que Don Fausto había vivido en Morris y en la frontera norte.
Serena apenas se lo había resumido por teléfono, sin entrar en pormenores.
...
Al día siguiente.
En la playa.
Seis hombres mayores y una joven se encontraban recolectando mariscos junto al mar.
Desde muy temprano, el sonido de risas y gritos entusiastas llenó el ambiente.
—¡Maestro Mayor, rápido, que ese cangrejo se escapa!

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