—Sr. Sato, si no logra curarme, ¿usted también me dará un millón de pesos como esa señorita?
Hacía un momento había escuchado al presentador referirse al hombre como Sr. Sato, así que decidió llamarlo de la misma forma.
Kenji Sato respondió con frialdad:
—No le daré un millón, pero lo curaré.
El hombre murmuró para sí mismo: «Qué lástima».
Serena echó un vistazo a la técnica de tratamiento de Kenji Sato; parecía que estaba utilizando fomentos calientes y masajes para tratar al paciente.
¡Eso era demasiado básico!
Los fomentos calientes y los masajes de Kenji requerían tiempo, así que ella no tenía ninguna prisa.
Con calma, sacó su estuche de agujas, lo abrió, tomó una fina aguja de terapia y comenzó a medir alrededor del cuello del hombre, como si no estuviera segura de dónde aplicarla.
Esta actitud angustió a quienes veían la transmisión en vivo.
Los comentarios comenzaron a volar por la pantalla como balas.
[¿De verdad sabe lo que hace?]
[No parece muy experta.]
[¿No irá a dejar peor a ese pobre hombre?]
[Se ve muy preocupante. Me da lástima el que está sentado en la silla de ruedas.]
[Capaz y lo deja paralítico de por vida.]
[...]
La sala de transmisión comenzó a posicionarse en lo más alto de la plataforma, atrayendo a más y más espectadores; el tráfico subió como la espuma.
Horacio Méndez también estaba viendo la transmisión. Había entrado al canal por pura casualidad.
Sin embargo, cuando vio los ojos de Serena, exclamó sorprendido:
—¿Es la chica del campo?
Desde que aquella joven había curado las secuelas del derrame cerebral de su abuelo el año anterior, había intentado encontrarla por todos los medios, pero sin éxito.
Su principal motivación era la frustración de ni siquiera haber conseguido su contacto o sus redes sociales; quería preguntarle por qué lo había rechazado.
No esperaba volver a verla en una transmisión en vivo después de tanto tiempo.
Al leer los comentarios del chat, se burló:

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