Como el resto de los competidores deseaban su Píldora de Eterna Juventud, nadie tuvo interés en desafiarse entre ellos; todos querían retar a Serena.
Con excepción de Kenji Sato, los demás tuvieron que sortear el orden en el que se enfrentarían a ella.
Eso superó las expectativas de Serena, quien nunca imaginó que la píldora fuese tan valorada.
De pie sobre el escenario, Kenji Sato miró a la mujer enmascarada y le preguntó:
—¿En qué categoría deseas retarme?
Serena respondió:
—Ya que fui yo quien te desafió, y en nuestro país siempre presumimos de buenos modales, te cedo el honor de elegir.
¡El tipo hablaba su idioma! Mejor imposible; si eso se transmitía en vivo, sus maestros se reirían de ella por volver a hablar con la pared.
Aunque llevara cubrebocas, estaba segura de que sus maestros la reconocerían. Ella era el orgullo de esos ancianos.
Se preguntaba si Jaime estaría viendo la transmisión en ese instante.
Por supuesto que Jaime, el hombre que ocupaba sus pensamientos, ya estaba pegado a la pantalla de la computadora.
Camilo entró a entregarle unos documentos y no pudo contener su curiosidad:
—Señor Jaime, lleva un buen rato frente a la pantalla. ¿Esa subasta médica de Ciudad Norte es tan relevante como para merecer su atención?
Era la primera vez que veía a su jefe tan absorto en la transmisión de un evento; no lograba comprender qué tenía de especial.
Había cancelado una reunión vital en la mañana solo para no despegar los ojos del monitor, y él no le hallaba el más mínimo atractivo.
¿Acaso esa transmisión escondía una oportunidad de negocio millonaria?
Jaime levantó la mirada y lo fulminó:
—Me gusta verla, ¿algún problema?
¡Su esposa estaba ahí, obviamente no se la iba a perder!
—Ninguno.
Camilo rodó los ojos y murmuró para sus adentros: «Tú eres el jefe, haces lo que te da la gana.»

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