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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 996

Romeo estaba fumando; el humo del cigarro ocultaba las ligeras expresiones de su rostro, dejando a la vista solo una fría indiferencia.

—Yo también tuve la culpa —dijo.

—¿Y alguna vez te arrepentiste?

—Sí, me arrepentí.

—¿Y de qué sirvió?

—De nada. Arrepentirse no sirve de nada.

Martina dejó escapar un largo suspiro.

—Olvídalo. Si te quieres casar con ella, hazlo. Yo no voy a volver, no volveré a verte y así dejaré de sufrir.

—Yo tampoco quiero volver a verte.

Había una enorme sensación de arrepentimiento entre los dos, pero el arrepentimiento era la cosa más inútil del mundo.

Martina le pidió un cigarro; ambos se recargaron uno junto al otro y fumaron en silencio hasta terminarlo.

Luego, Romeo bajó las escaleras primero. Para cuando Martina también lo hizo, él ya se había ido.

Alicia agarró un cuchillo para fruta de la mesa y se lanzó a apuñalarla. Martina no se quitó; en ese segundo pensó que sería mejor dejar que la matara. Si ella moría, la vida de Alicia también se iría a la basura, y ¿acaso no sería esa la venganza perfecta?

Pero Rubén la detuvo e incluso le dio una cachetada.

—¡Ya estuvo bueno de tus berrinches!

Alicia se agarró la mejilla y lo miró sin poder creerlo.

—¡Me pegaste! ¿Con qué derecho me pegas? Ella se mete con mi prometido, se revuelca con él en mi propia recámara, ¡y en lugar de pegarle a ella me pegas a mí!

—¡La única culpable aquí eres tú por inútil!

—¡Obvio no le gano en andar de resbalosa con los hombres! ¡Ella nació para ser una cualquiera!

Rubén levantó la mano para soltarle otra cachetada, pero Elsa se metió entre los dos.

Al escuchar eso, Martina ya no aguantó más y soltó una enorme carcajada, agarrándose el estómago.

—¡No manches! ¡O sea que me están dando permiso de seguir con Romeo, jaja!

—¡Para que él se case con Alicia y yo me quede como la amante!

—¡Y todavía me dicen cualquiera! Puta madre, ¡¿quiénes son los corrientes aquí?!

Se moría tanto de la risa que tuvo que recargarse en el respaldo del sillón. Por suerte, Romeo no estaba allí para ver la escena, porque si no, la verdad le habría dado mucha pena.

—¡Si estamos en este problema es por tu culpa! —le reclamó Elsa, mirándola con furia—. Antes de irse, Romeo dijo que para ayudarnos a salvar la empresa, tú tenías que estar de acuerdo.

—¡Ese cabrón ya ni siquiera trata de disimular, nos está usando como a sus títeres!

De solo decirlo, Elsa temblaba de coraje.

¿Cómo se atrevía? Estaba claro que los consideraba un cero a la izquierda.

—Marty, esta vez tienes que ayudarnos, o de lo contrario tu papá se va a ir a la cárcel.

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