Eran dos adultos, ambos solteros; si se deseaban, eso era todo lo que importaba.
En aquel bar tranquilo, Ignacio Rodríguez sostenía a Tatiana Gutiérrez contra su pecho, besándola con una pasión desbordante. El beso fue tan intenso que ambos parecían arder. Cuando la mano de él se deslizó bajo la ropa de ella, Tatiana ya le estaba besando el cuello.
Sin embargo, el bar no era el lugar adecuado y, además, Ignacio aún corría peligro, así que Tatiana le pidió al chofer que los llevara a su casa. Apenas cruzaron la puerta, Ignacio se abalanzó sobre ella de nuevo, y entonces...
—Te acordaste, ¿verdad? —preguntó Tatiana.
Al ver que el rostro de Ignacio se ponía rojo como un tomate y su respiración se aceleraba, Tatiana supo de inmediato que los recuerdos habían vuelto.
De pronto, a Ignacio se le esfumó toda la valentía. Era cierto que él había dado el primer paso, que él la había besado y llevado a la cama, pero también era consciente de que llevaba demasiado tiempo soltero.
—Yo... había tomado demasiado —tartamudeó él.
—Ya te dije que no espero que te hagas responsable, así que no me vengas con excusas baratas. ¿Entendido?
—Entonces, ¿qué se supone que debo decir?
Tatiana rodeó el cuerpo de Ignacio con sus brazos y se pegó a él.
—¿Recuerdas cómo se sintió anoche?
—Lo... lo olvidé.
—Yo sí me acuerdo —susurró Tatiana, deslizando sus labios hacia arriba—. Estuviste increíble.
Ignacio tragó saliva con dificultad.
—Tengo clases que dar.
—Hoy es sábado.
—Yo...
Tatiana silenció a Ignacio poniendo su dedo índice sobre los labios de él. Sus ojos brillaban húmedos, clavados directamente en los suyos.
—¿De verdad no quieres recordarlo un poco más?
En ese momento, Tatiana le parecía una completa hechicera. Normalmente vestía con un estilo casi andrógino que no despertaba ninguna fantasía, pero nunca imaginó que ocultara una figura tan envidiable. Su piel era suave y de porcelana; era tan cálida y perfecta al tacto...
*En su mente ya empezaban a surgir algunos fragmentos,* todos tan ardientes que el deseo volvió a encenderse en su interior.
—Para ser un hombre hecho y derecho, das demasiadas vueltas. Olvídalo.
Tatiana lo dijo a propósito, haciendo el amago de alejarse, pero al instante siguiente, Ignacio la atrajo con fuerza hacia él, desatando una tormenta de besos y una posesión abrumadora.
Durante todo el fin de semana, aparte de comer, pasaron casi todo el tiempo en la cama.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...