En ese momento, Facundo solo sentía dolor, le dolía todo el cuerpo. Abrió la boca para decir algo, pero no pudo emitir ningún sonido.
—Todavía está muy débil, debe descansar bien. Si no hay complicaciones, mañana lo pasaremos a una habitación normal.
—Flo... Floriana... —Facundo hizo un gran esfuerzo para pronunciar ese nombre.
El doctor no entendió bien, solo supo que era el nombre de una persona.
—Eh, aparte de sus padres y sus dos amigos, nadie más ha venido a visitarlo.
Facundo cerró los ojos. Así que había estado en coma tanto tiempo, ¿y Floriana no había ido a verlo?
Cuando sus heridas se estabilizaron, Facundo fue trasladado a una habitación normal. El cabello de sus padres lucía mucho más blanco, como si hubieran envejecido varios años de la noche a la mañana. Le repetían una y otra vez que todo había pasado, que los proyectos de la empresa avanzaban sin problemas, que no se preocupara y solo descansara. Pero él sabía que eso era imposible.
Después de convencer a sus padres para que se fueran a casa, llamó a su asistente en la empresa.
—Señor Prado, varios proyectos de la compañía se han detenido, los bancos están cobrando las deudas y los socios están devolviendo mercancía y exigiendo compensaciones. Me temo que la empresa no aguantará mucho más.
El celular resbaló de la mano de Facundo. Había previsto que la compañía pasaría por un momento difícil, pero no imaginaba que ya estuvieran al borde de la quiebra.
Todo había comenzado cuando decidió ir en contra del Grupo Crespo; ese primer paso fue un error. Luego, para intentar solucionarlo, no tuvo más remedio que seguir adelante, pero solo cometió más y más errores.
El legado que los antepasados de la familia Prado habían construido con tanto esfuerzo estaba siendo destruido por él.
El Grupo Prado jamás volvería a ser el imperio glorioso de antes, y él, Facundo Prado, ya no sería ese hombre poderoso y respetado.
En ese momento, Ignacio y Thiago abrieron la puerta. Ambos lucían preocupados, pero al verlo despierto, forzaron una sonrisa para aparentar tranquilidad.
—Facu, ¿te sientes mejor? ¿No habrás estado llorando a escondidas por el dolor? —bromeó Thiago.
—Creo que te ha caído la mala suerte encima. Pasé por mi casa y le quité a mi mamá una medallita que, según ella, está bendecida, para que te proteja de las malas vibras —dijo Ignacio, sacando realmente una medalla para ponerla debajo de la almohada de Facundo.
Facundo miró detrás de ellos; no había nadie más.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...