Salomón miró a Facundo Prado, quien había llegado hasta su puerta, y una sonrisa cruel se dibujó lentamente en sus labios.
—¿Quién me creo que soy yo para hablar con el señor Prado?
Facundo giró levemente la cabeza y miró hacia atrás. Él y los hombres que lo acompañaban estaban rodeados; en ese momento, escapar era imposible.
—Salomón, puedo dejar pasar lo que sucedió antes y seguir apoyándote como el líder de la Alianza Lunar —dijo Facundo, apretando los labios.
Al escuchar esto, Salomón soltó una carcajada.
—El señor Prado es tan magnánimo que estoy a punto de llorar de la emoción.
El rostro de Facundo se ensombreció.
—¡No seas malagradecido!
—¿Debería arrodillarme y suplicar tu perdón?
—¡Salomón!
—¡Facundo Prado, estás en mi territorio, deja de fingir! ¿Dejar pasar lo que pasó? ¡Tú lo dejarás pasar, pero yo jamás te perdonaré por lo que me hiciste!
Facundo entrecerró los ojos.
—¿Te atreves a tocarme? ¿Has pensado bien en las consecuencias?
—¿Consecuencias? —chasqueó la lengua Salomón—. La familia Prado ya no es lo que era. Tú, Facundo Prado, te has convertido en el hazmerreír del bajo mundo. ¿Por qué no me atrevería a tocarte? No, no solo voy a tocarte... ¡Voy a darte la paliza de tu vida!
Dicho esto, Salomón apretó los dientes.
—¡Dénle su merecido!
A su orden, los matones de la Alianza Lunar levantaron sus armas y se abalanzaron sobre Facundo y sus hombres.
Facundo había traído guardaespaldas corpulentos, pero ni ellos pudieron soportar el ataque de tantas personas a la vez. Pronto, los guardaespaldas fueron cayendo uno por uno, y luego le llegó el turno a Facundo.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...