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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1087

Cuando Thiago Flores abrió su club nocturno, se aseguró de reservar la mejor sala VIP en exclusiva para ellos cuatro. Nunca se le alquilaba a ningún cliente; solo se abría cuando ellos se reunían.

Esa noche, la puerta de la sala estaba cerrada a cal y canto. No se permitió la entrada de ningún camarero, por lo que Thiago se encargó personalmente de servir los tragos. Ignacio Rodríguez, divertido al verlo correr de un lado a otro sirviendo bebidas, le metió un fajo de billetes en el bolsillo de la camisa como propina.

—Pero qué espléndido es el señorito.

Thiago se echó su cabello largo hacia atrás y amagó con sentarse en el regazo de Ignacio. Este lo esquivó de inmediato, pidiéndole entre risas que se largara.

Thiago siguió provocándolo a propósito, y pronto ambos terminaron bromeando como adolescentes.

Pero la diversión duró poco; el ambiente en la sala era tan gélido que ni siquiera sus bromas podían aligerar la tensión.

—Oye, Ignacio... ¿no crees que este par termine destrozándome el local esta noche? —susurró Thiago, sintiendo un escalofrío.

Ignacio hizo una mueca.

—Tu local va a sobrevivir, pero nosotros dos nos vamos a morir de frío.

—¿De verdad la cosa está tan mal entre ellos?

—Ya se están sacando las entrañas allá afuera, ¿tú qué crees?

Ambos lo comentaban con sarcasmo, pero en el fondo les dolía ver a sus hermanos de la infancia convertidos en enemigos mortales.

Ignacio observó a Jairo, quien estaba recostado perezosamente en el sofá, agitando su copa de vino con indiferencia. Luego miró a Facundo, que, en un gesto inusual, estaba sentado muy rígido y con el rostro surcado de preocupación.

Con solo ver sus expresiones, quedaba claro quién tenía las riendas en esta guerra y quién estaba asfixiándose lentamente.

El Grupo Prado jamás podría vencer al Grupo Crespo, de la misma forma que Facundo jamás podría vencer a Jairo. Ignacio lo sabía desde el principio y había intentado aconsejar a Facundo mil veces. Pero este actuaba como si estuviera poseído, sordo a cualquier advertencia, y eso era precisamente lo que lo había llevado a ese pozo sin fondo.

—Jai, ¿de verdad piensas arrinconarme hasta que no me quede aire? —preguntó Facundo. Había una profunda desesperación en su voz, una derrota que ni siquiera diez días atrás habría admitido.

Jairo detuvo el movimiento de su copa.

—Se te olvida que tú fuiste quien tiró la primera piedra.

—Admito que fui impulsivo. Creí que al usar nuestra alianza comercial de toda la vida podría obligar a la familia Crespo a darle la espalda a Víctor. Pero jamás imaginé que estarían dispuestos a quemar los puentes con nosotros antes que abandonarlo.

Ese había sido un error de cálculo colosal.

—Si fue un error al principio, ¿qué me dices de lo que pasó después? Te di más de una oportunidad para que te detuvieras, pero no lo hiciste.

—Es que... ya había dado el paso. Sentí que no había marcha atrás.

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