La sede de la Alianza Lunar era un edificio comercial de cinco pisos. A diferencia de pandillas como la Hermandad Gutiérrez, la Alianza Lunar parecía estar compuesta por múltiples empresas comerciales que manejaban negocios legítimos en la superficie, aunque sus principales ingresos provenían de actividades clandestinas que no podían salir a la luz.
Humberto Gutiérrez llegó acompañado únicamente por dos guardaespaldas. Ya que estaba entrando en territorio enemigo, era como servirse en bandeja de plata; su destino, ya fuera vivir o morir, estaba completamente en manos de ellos, por lo que llevar más hombres no habría servido de nada.
—Don Humberto, invitarlo a tomar un café no es nada fácil.
Salomón rondaba los treinta años. Llevaba un traje negro a rayas, con el cabello semilargo peinado hacia atrás y gafas de montura plateada. Parecía un ejecutivo de élite, de no ser por la mirada implacable y despiadada que destilaban sus ojos rasgados.
Sirvió una taza de café y la empujó hacia Humberto.
—Don Humberto, ¿acaso viene de reunirse con el señor Crespo del Grupo Crespo antes de visitarme?
Humberto apretó los labios. Jairo le había aconsejado no irse por las ramas con Salomón y tratar de sacarle la mayor cantidad de información posible sobre dónde tenían escondida a su hija, Tatiana.
—El señor Crespo quiere asociarse conmigo.
—¿Ah, sí? —Salomón detuvo su movimiento con la taza—. ¿El Grupo Crespo buscaría asociarse con personas como nosotros?
—Para mantener a raya a la familia Prado.
Salomón entrecerró los ojos.
—¿Y don Humberto aceptó?
—No. Cuando dos tiburones pelean a muerte, si nosotros, los peces pequeños, nos metemos, solo terminaremos siendo la carnada.
—Don Humberto hace honor a su nombre. Los años pasan, pero su mente sigue afilada.
—Por eso, le pido al señor Prado que tenga piedad y deje en paz a mi hija.
Salomón enarcó una ceja.
—Si don Humberto tiene algo que decirle al señor Prado, ¿por qué no va directamente con él? ¿Por qué me lo dice a mí?
—Salomón, a estas alturas, ¿es necesario seguir con este teatro? O acaso... ¿todavía me tienen miedo? No creo que sea para tanto —Humberto lo miró fijamente.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...