Josefina esbozó una leve sonrisa, le acarició el rostro con dulzura y le dijo:
—Ya pasó todo.
Lorena asintió con fervor.
—Gracias al cielo estamos bien. El único que tuvo mala suerte fue el señor Fuentes. Es una pena que haya salido herido.
Las dos caminaron juntas hasta la sala de emergencias y aguardaron afuera mientras terminaban de atender a Manuel.
Como Lorena no podía estar en silencio por mucho tiempo, le relató todo lo que había ocurrido en la cámara frigorífica.
Al escuchar que había contactado a alguien para pedir ayuda, Josefina se sorprendió un poco.
—Esa persona que conoces... debe ser muy poderosa.
Lorena torció el gesto, visiblemente disgustada.
—Preferiría no conocerlo, te lo juro. Es una persona muy desagradable. Para él todo es negocio, todo lo resuelve con dinero, no tiene ni una pizca de corazón. Parece que los billetes le nublaron el juicio.
Josefina soltó una pequeña risa.
—Mientras resuelva... el problema, está bien.
Lorena no pudo rebatir eso, pero se frotó las sienes, agobiada.
—Es que sus servicios salen en un ojo de la cara.
Luego cambió de tema abruptamente.
—¿Y qué pasó con Benjamín? Escuché que lo tenían de rehén. ¿Cómo está?
Josefina bajó la mirada por un instante.
—Él está bien.
Se había mantenido oculta hasta el final, observándolo de lejos mientras él partía. Cuando él preguntó por su paradero, ella le había indicado a Felipe con la cabeza que no dijera nada.
¿Qué estaba pasando por su mente en ese momento?
Quizás pensó que, si Benjamín creía que ella era una mujer fría y malagradecida, al fin dejaría de atormentarse por el pasado.
¿Sería esa la clave para que por fin lo dejara ir y pudieran seguir sus caminos por separado?
Estar cerca de ella era demasiado peligroso; el menor descuido terminaba en tragedia, y ella no quería ser la culpable de más derramamiento de sangre.

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