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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 325

Entre Josefina y Benjamín parecía levantarse un inmenso muro de hielo; sus vibras colisionaban, pero chocaban de frente contra aquella barrera invisible.

Para ese punto, Josefina ya había logrado calmarse. Teresa estaba en lo cierto, la clave del éxito para esa misma noche era llevar la fiesta en paz con él.

Debido a esto, se arrepintió un poco de haberse portado tan sarcástica con él hace rato. Si no ponía de su parte, las cosas se complicarían mucho.

Frunció levemente el entrecejo sin apartar la vista de su pantalla. Lo espió de reojo. Él también veía su teléfono; a saber qué estaría leyendo, pero no asomaba ni un solo rastro de emoción en su impecable rostro.

Decidió guardarse el celular y salió rumbo a los jardines de la casa.

Justo en ese momento iba entrando Teresa, quien, al verla, le preguntó:

—¿A dónde vas, Jose?

—Salí a tomar un poco de aire.

Teresa asintió:

—Me parece bien. No te nos vayas, acompáñanos a cenar más al rato.

—Claro, no se preocupe.

Tras esa corta respuesta, Josefina enfiló hacia el patio.

Mientras caminaba por el sendero adornado con piedras, recuperó por completo su estabilidad emocional.

Si los eventos de aquella noche salían a pedir de boca, con suerte podría iniciar los trámites del divorcio de inmediato.

Estaba sumamente harta de tantos enredos.

Josefina entró al kiosco y tomó asiento en una de las bancas, con la mirada perdida hacia el vacío.

Llegó el anochecer.

La cocina era un nido de agitación. Las sirvientas desfilaban con todos los platillos preparados. Josefina se sentó a mirar la televisión en la sala, mientras que Benjamín se había encerrado a trabajar en su estudio.

En eso, Teresa se le aproximó y le pidió:

—Jose, ve y avísale a Benjamín que ya está servida la cena.

—De acuerdo.

La mujer no se quejó, apagó la televisión y subió las escaleras.

Tocó a la puerta un par de veces hasta escuchar la neutral voz de su todavía marido permitiéndole el paso. Sin rodeos, se quedó en el marco de la entrada y anunció:

—Ya puedes bajar a cenar.

Él tenía la vista clavada en el monitor de su computadora. Sin embargo, en el instante en el que notó su presencia, un resplandor cruzó por su mirada y el aura de frialdad que lo rodeaba pareció desvanecerse un poco.

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