Llevaba seis horas conduciendo. Estaba en medio de la nada, rodeada de campo a ambos lados del camino. El cansancio comenzaba a apoderarse de su cuerpo, pero su determinación se mantenía firme. Sabía que hacía lo correcto, aunque el futuro se presentara incierto y plagado de posibles privaciones.
—Nadie te separará de mí, cariño —susurró, mientras posaba una mano sobre su vientre.
¿A dónde iría? Sus padres habían muerto hacía años y, siendo hija única, sus opciones eran escasas. Su única familia era su abuela materna.Aunque Alekos no sabía dónde vivía, Dakota había mantenido una relación cercana con ella durante los últimos años. Siempre aprovechaba sus ausencias por viajes para llamarla o visitarla.La casa de Teresa era el único lugar seguro que se le ocurría para pasar unos días y decidir qué rumbo tomar.
Pensó que se detendría en la próxima gasolinera, tomaría un café y seguiría el viaje.
Mientras tanto, Alekos Ravelli caminaba como un león enjaulado dentro de su departamento. Iba de un extremo al otro, la mandíbula apretada, furioso.
—¡Perdiendo su juventud conmigo! ¿Quién se cree que es? Pero la voy a encontrar… y va a conocer a Alekos Ravelli. Va a desear no haberse burlado de mí.
Llamó al chofer y salió del departamento.
—Llévame a mi casa —ordenó al subir al coche.
A la mañana siguiente, Alekos estaba de muy mal humor. Había dormido poco y mal. Para colmo, había soñado con Dakota. Pero ya había tomado una decisión: llamaría a su amigo y jefe de seguridad, Xandro. Necesitaba encontrarla y hacer que pagar ninguna mujerzuela lo abandonaba .
Estaba convencido de que Dakota no tardaría en buscar una nueva víctima. Para él, no era más que una ramera. Entonces, golpearon a la puerta de su oficina. Era Freya, su secretaria.
—Alekos, vine a recordarte que en tres horas sale el vuelo para Londres.
—Lo sé. Salimos en treinta minutos. Ahora déjame, quiero hacer unas llamadas.
—¿Quieres que te marque?
—No, lo haré yo. Cierra la puerta al salir.


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