Alekos Ravelli finalizó la videoconferencia que había mantenido con alguien en Rusia. Había sido un éxito. Eran las ocho de la noche y, finalmente, había terminado de trabajar.
Se pasó la mano por el cabello y pensó en Dakota.Había conseguido no pensar en ella por un par de horas, pero ya no tenía excusas. Estaba solo, en silencio, y la imagen de ella regresaba con más fuerza.
En ese momento, ingresó al despacho Freya, su secretaria.
—¿Me necesitas para algo más?
—No, puedes irte —respondió él.
—Pareces cansado, Alekos. Déjame traerte un whisky y darte un masaje, ¿si quieres? Podrás relajarte.
—El whisky, sí. El masaje, no.
La miró sorprendido por la oferta. Debía de verse fatal si Freya, que siempre era tan profesional, se estaba ofreciendo para eso.
Freya era una rubia muy atractiva y eficiente de unos treinta años. Alekos consideraba que era afortunado de tenerla como secretaria. Nunca cometía errores. Ella no se habría quedado embarazada.
Dakota era mucho más joven; veintidos años. Y él había sido su primer amante.¿Quizás su embarazo había sido un verdadero accidente?
—Aquí tienes el whisky —dijo Freya, dejando el vaso sobre el escritorio y la botella al lado. Luego se colocó junto a él, apoyando una mano sobre su hombro.
—¿Estás seguro de que no quieres un masaje?

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