Bastián no les pidió que pagaran nada; después de hacer sus preguntas, solo pidió a su asistente que los acompañara a la salida.
Las preguntas que Bastián hizo dejaban claro que sospechaba de la identidad de Úrsula.
Aunque al final todo salió bien, Karla no dejaba de preocuparse. Temía que, si Bastián se ponía a pensar con calma, terminaría descubriendo algo.
Justo estaba dándole vueltas a eso cuando recibió una llamada del gerente.
—¿Karla, el señor Bastián fue a buscarte?
—¿El señor Bastián? —Karla arrugó la frente—. No, para nada. ¿Por qué lo preguntas?
—Me llamó para preguntar si estabas en la casa de subastas. Le dije que no, que hoy no viniste, y se notó que se molestó. Te anda buscando.
¿Bastián buscándola? El corazón de Karla empezó a latirle tan fuerte que sintió un escalofrío.
Esto no podía estar pasando.
Definitivamente descubrió algo.
De otro modo, ¿por qué la buscaría con tanta insistencia?
—¿No dijo nada más?
—No, solo que al saber que no estabas colgó bastante molesto. Karla, te lo digo en serio: ese señor es de mucho peso, no te metas en problemas con él.
—Entiendo. Gracias —dijo Karla antes de terminar la llamada.
Úrsula, notando su preocupación, preguntó:
—¿Qué pasó? ¿Por qué esa cara?
—Úrsula, llévate a los niños a tu casa, por favor. Y de paso, ayúdame a reservar unos boletos de avión, a cualquier parte. Volveré rápido a casa por mis papeles.
—¿Te vas a ir? —preguntó Úrsula, sorprendida.
Karla no tenía tiempo para explicaciones.
—Bastián ya sospecha quién soy en realidad. Me está buscando.
Los ojos de Úrsula se abrieron de par en par.
—¿Y ahora qué? ¿Y los niños?
—Todavía no sabe nada de ellos.
Por suerte, con alguien más en la mira, el asunto de los niños podía seguir oculto. Bastián, por ahora, no tenía forma de descubrirlo.
—No hay tiempo para más. Valentín, Ramón, Nora, vayan con su tía. Yo los alcanzo en un rato.
Por un instante, su mente quedó en blanco.
Un chasquido sonó.
La luz se encendió de golpe.
El resplandor la obligó a parpadear, y cuando al fin pudo enfocar la vista, ahí estaba Bastián, sentado cómodamente en el sofá. Sostenía un cigarro entre sus largos dedos, exhalando humo de manera tranquila. Sus ojos negros la taladraban, tan intensos que Karla sintió que podía romperla en cualquier momento.
Se quedó petrificada en la entrada.
Sí, lo supo de inmediato.
Él la había encontrado.
No solo sabía quién era, sino que había ido directo a su casa a buscarla.
Karla se obligó a mantener la calma, a no dejar que él notara lo nerviosa que estaba.
La planta baja era sala y cocina, y las habitaciones quedaban arriba. No tenía idea si Bastián había subido o no; si lo hizo, el secreto de los niños no tendría escapatoria.
Bastián la miró fijamente y, con una media sonrisa de esas que no auguran nada bueno, le lanzó:
—Han pasado cinco años, Karla. Dime, ¿ahora debo llamarte Karla... o prefieres que te diga Carla?

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