Karla jamás se imaginó que alguien pudiera ser tan descarado. Una oleada de rabia le subió por todo el cuerpo y preguntó, con la voz temblorosa:
—¿Así que si no me quito la ropa, no me vas a dejar ir?
—Así es.
Bastián era de esos tipos tercos, de los que cuando dicen algo, lo cumplen.
Karla se abrazó con más fuerza la ropa, entre asustada y tan furiosa que apenas podía dejar de temblar.
Lo miró fijamente durante un buen rato, como si intentara descubrir en su cara el motivo de esa locura repentina, esa necesidad absurda de verla sin ropa.
Pasaron unos segundos antes de que pudiera calmarse un poco, y fue entonces cuando recordó la marca de nacimiento en su hombro izquierdo, una luna creciente. Nora tenía la misma marca. Quizás Bastián la había visto en Nora y empezó a sospechar.
Apretó aún más la tela contra su cuerpo, con las manos temblorosas, mientras enfrentaba la mirada dura de Bastián. Se quedó en silencio.
Sabía bien cómo era él. Si decía que quería ver, no la dejaría irse hasta salirse con la suya.
Así que, si no había de otra… que viera, pues.
Diez millones de pesos. No estaba perdiendo nada.
Karla levantó la cabeza y sus ojos chocaron directo con los de Bastián, profundos e impenetrables.
—¿Solo quieres ver? Bien, mira.
Bastián no apartó la mirada ni un segundo.
Y antes de que pudiera pensarlo demasiado, Karla, de un tirón, se quitó esa prenda raída que ya apenas le cubría nada. La tela cayó en un arco ligero junto a ella. Karla se irguió, levantó los brazos y su voz salió tan helada y cortante que podría haber partido un vaso:
—¿No que querías ver? Mira lo que quieras, observa bien, para que no te duela haber gastado diez millones.
Los ojos de Bastián se entrecerraron, y fue recorriéndola con la mirada, lento, palmo a palmo.
Cuando llegó a su hombro izquierdo, frunció el entrecejo.
Ahí, justo en el hombro, había una cicatriz fina y alargada, apenas profunda, pero sí muy extensa; se deslizaba desde el hombro hasta la clavícula.
—Sí —respondió Bastián, y esta vez dejó de mirarla a ella, para clavar la mirada en su cara.
Él no recordaba si Karla tenía o no una marca de nacimiento en ese hombro. Pero estaba seguro de que, durante esos tres años, ella no tenía una cicatriz así. Eso quería decir que la herida se la había hecho en Nación Bosque de Jade.
Al ver una cicatriz tan larga, por un momento, sintió que algo le dolía por dentro. Un revoltijo de emociones se apoderó de él, ni siquiera sabía cómo ponerlo en palabras.
Karla no respondió de inmediato.
Esa cicatriz había sido su recuerdo del tercer año en Nación Bosque de Jade. Estaba sola, cuidando a tres niños pequeños, cuando un delincuente se coló a la casa después de forzar la puerta. Para proteger a los niños, Karla luchó con todas sus fuerzas.
El tipo, furioso, la hirió con un cuchillo. Por suerte, Esteban apareció justo a tiempo y la salvó.
Karla nunca supo qué hizo Esteban después con ese tipo. Lo que nunca pudo olvidar fue la imagen de Esteban, bañado en sangre, limpiándose las manos con calma. Parecía un demonio salido del infierno.
—No tiene nada que ver contigo —soltó Karla, apartando la mirada.
Bastián apretó la mandíbula. Karla siempre había tenido ese espíritu desafiante, orgullosa y fuerte. Si se hubiera quedado a su lado, no habría pasado por tanto sufrimiento, pero se empeñó en alejarse de él.

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