Karla sintió de repente una mirada ardiente caer sobre su cabeza. Al alzar la vista, se topó con Bastián parado detrás de ella, observándola en silencio a ella y a Nora.
Esa mirada le recorrió la espalda como agua helada.
—¿Bastián?
Bastián, conteniendo el latido acelerado de su corazón, no apartó la vista de ella.
—Karla, ¿ahora sí tienes algo que decirme?
—¿Qué?
¿Y ahora de qué se supone que tengo que hablar?
Karla frunció el ceño y levantó la cabeza con firmeza, devolviéndole la mirada.
¿Qué le pasa ahora? ¿No será que Valentín Ramón volvió a hacer alguna de las suyas?
Karla sintió un escalofrío recorrerle la piel.
—Lo escuché todo. Nora acaba de llamarte “mamá”. ¿Vas a seguir fingiendo?
La voz de Bastián era grave, con un dejo de emoción contenida.
¡Por fin! ¡Lo había descubierto!
Nora de verdad era hija de Karla. Todo este tiempo ella había estado ocultándolo.
Y Nora… también era su hija. Su verdadera hija.
Así que, después de todo, Karla nunca se deshizo del bebé.
—¿Eh? —el corazón de Karla dio un vuelco.
Bastián la miraba fijamente, esperando una explicación.
Karla intentó aparentar tranquilidad, pero tan pronto Bastián lanzó la pregunta, el sudor frío ya le empapaba la espalda.
Todavía no tenía idea de qué decir, cuando Nora se adelantó y tiró suavemente de la manga de Bastián.
—Señor, ¿de qué está hablando?
Bastián bajó la cabeza, posando la mirada sobre el rostro de Nora.
—Nora, deberías llamarme papá.
—¿Eh?
Nora levantó la mano y, hablando por su reloj-teléfono, preguntó:
[Mamá, hay un señor que quiere que le diga papá. ¿Debo hacerlo?]
Bastián se quedó helado.
Al instante, escuchó la voz de una mujer al otro lado de la línea:
[Nora, el señor está bromeando contigo. Mamá ya está llegando a la entrada. Quédate ahí y espérame, ¿sí?]
Bastián frunció el ceño.
—¿Estabas hablando por teléfono?
Nora asintió con calma.
—Sí, Nora extrañaba mucho a mamá, así que la llamé para preguntarle cuándo venía. Señor, ¿por qué tengo que decirte papá? ¿Eres mi papá?
Nora, lista y atenta, recordaba bien que no podía dejar que Bastián se enterara. Su actuación era perfecta.
Bastián entrecerró los ojos, fijándose en el reloj-teléfono.
¿No era Karla a quien llamaba “mamá”?
¿Solo estaba hablando por teléfono?
¿Solo… eso?
Así que la voz que oyó era la de otra mujer.
Justo entonces, una empleada doméstica entró.
—Señor, la mamá de Nora ya está en la entrada.
La expresión de Bastián se fue apagando palmo a palmo.
La felicidad repentina que había sentido se desmoronó en un instante, dejándolo hundido en una decepción amarga que lo llenó por completo.
Karla se obligó a mantener la compostura, aunque la espalda ya la tenía empapada por los nervios.
Como temía que Úrsula no pudiera entrar, le había pedido a Nora que la llamara para asegurarse.
Así que Bastián solo había escuchado una llamada telefónica.
Menos mal que había sido precavida.
El corazón de Karla retumbaba en su pecho.
Las respuestas de Úrsula eran firmes; el intercambio con Bastián no dejaba huecos.
Karla vigilaba a Bastián, temiendo que algo en su expresión delatara desconfianza.
Tras un instante en silencio, Bastián volvió a preguntar:
—¿Cómo se llama el papá de la niña? Puedo ayudarla a buscarlo.
Karla se tensó.
¡Eso era una trampa!
Sabía que a Bastián nunca le importaba la vida de los demás.
Úrsula tragó saliva y contestó:
—No hace falta, ya no tengo nada que ver con él. No quiero verlo, y para Nora tampoco existe ese papá. Pero gracias por su amabilidad y por cuidar de Nora.
Bastián la ignoró, sacó su celular, revisó el registro de llamadas y preguntó:
—¿Siempre tienes el celular apagado?
Había intentado llamarla varias veces; ella nunca contestó.
Karla, por puro reflejo, tocó el celular en su bolsillo.
Por su actitud, parecía que Bastián quería comprobar algo.
Recordó que la primera vez que se vieron, él ya había sospechado que no era la misma persona la que contestaba y la que venía por Nora.
Y, efectivamente, Karla vio cómo Bastián marcaba un número y ponía el celular sobre la mesa. Ese número era el suyo.
El aire se volvió tenso.
Un segundo después, el celular en el bolsillo de Karla empezó a sonar.
La mirada de Bastián, tan aguda como la de un halcón, se posó directamente sobre ella.
Esa sensación de estar bajo escrutinio hizo que cada segundo se sintiera eterno.
Karla casi no podía respirar, con las manos apretadas a los costados, luchando por mantener la calma.
El timbre del celular sonó unos segundos. Entonces Bastián preguntó con voz dura:
—¿No vas a contestar?

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