La inquietud consumía a Marina. En ese preciso momento vio que Yara bajaba las escaleras y aprovechó para preguntarle con un tono cargado de dulzura:
—Yara, la carta de admisión de Roxana para la Universidad del Sur sigue sin llegar. ¿Podrías indagar qué está pasando? Si la situación se complica, tu padre y yo podemos intervenir y comunicarnos directamente con el director de admisiones.
La mano de Yara, posada sobre el pasamanos de la escalera, se cerró con fuerza instintivamente. Años atrás, cuando ella misma sintió la aplastante presión por entrar a esa universidad, le había suplicado a su padre que utilizara sus contactos para facilitarle el ingreso, y él se negó en rotundo sin pensarlo dos veces. Aquel desaire todavía le quemaba en la memoria.
Pero jamás se atrevería a exponer el resentimiento de su pecho. Suavizando sus facciones, respondió con una sonrisa cálida:
—Mamá, no tienes por qué preocuparte, ya he conversado con el director. Me aseguró que, al contar con mi recomendación, no habría el menor inconveniente. Lo normal es que la carta esté al caer; no te angusties, iré a preguntarle de inmediato.
—Me parece perfecto, ve a averiguar. Y de paso, aprovecharé para empezar a prepararle a Roxana todas las cosas que necesitará para la escuela —comentó Marina con inmenso amor maternal.
Yara, tragándose el veneno de la envidia, asintió afirmativamente.
En aquel momento se olvidó por completo de que, cuando ella misma finalizó la preparatoria, Marina estaba igual o más eufórica, esperando la carta de aceptación con una emoción desbordante. Aquella vez, pensando en que su hija tendría que marcharse lejos para estudiar, Marina se la pasó todas las vacaciones preparándole meticulosamente el equipaje, llena de nostalgia.
Lo que nadie en aquella casa sabía era que Roxana había sido la primera en recibir noticias de la Universidad del Sur, pero no a través de un documento formal. Más bien, el excéntrico rector, al enterarse por boca de Julián que ella planeaba ingresar a su institución, soltó una estruendosa carcajada de puro júbilo y la telefoneó a altas horas de la madrugada.
Incluso utilizó jerga de internet, exclamando: «¡Por fin me toca esta fortuna! En cuanto pongas un pie aquí, nos tomaremos una foto juntos; se la voy a mandar a todos esos viejos decrépitos para que se mueran de la pura envidia». Y sin mayor preámbulo, le despachó el aviso de admisión por mensajería nocturna.
Si no fuera por el torbellino de responsabilidades previo al inicio de clases, el hombre habría volado hasta Veridia para entregársela en las manos.
Durante la cena, Marina no pudo evitar retomar el tema.
Roxana revisó la información de rastreo en la pantalla de su celular y comentó sin darle mayor importancia:
—No hay prisa, debería llegar pronto.
VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESECHADA MANDA