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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 446

Además, aunque las heridas parecían graves, quizás sí se podían borrar.

Se acercó a la cama y abrazó a Alcira, que no paraba de sollozar.

—Ya, tranquila, no llores más. Nunca dije que me separaría de ti. Solo me molestó que hicieras las cosas a mis espaldas. Con esas heridas, llorar así te debe doler muchísimo. Dejaré que el doctor vuelva a vendarte, pero tienes que portarte bien y seguir el tratamiento, ¿entendido?

Con la nariz roja por el llanto, Alcira lo miró con fingida timidez.

—Fui muy caprichosa hace un momento... ¿De verdad no me desprecias?

—No. Es normal perder el control cuando enfrentas algo tan fuerte.

Alcira se mostró conmovida, pero volvió a negar con la cabeza.

—Eres demasiado bueno conmigo, Cristián, pero no lo merezco. No te preocupes por mí. Tu madre se enojará mucho si nos ve juntos. Nunca le agradé, y ahora que mi cara está así, jamás permitirá que me case contigo.

»En cuanto vuelva a casa, le pediré a mi padre que cancele el compromiso matrimonial. Así podrás llegar lejos y enorgullecer a tu familia.

Al escuchar que pensaba en su futuro, cualquier rastro de molestia en Cristián desapareció por completo.

Con saber que lo amaba incondicionalmente era suficiente.

—No digas tonterías. Eres mi prometida y pronto serás mi esposa. Nadie puede cambiar eso.

Alcira se acurrucó en su pecho con una sonrisa radiante.

—Eres tan lindo, Cristián. Conocerte es lo mejor que me ha pasado en la vida.

Pero el momento romántico duró poco; la madre de Cristián lo llamó y le ordenó volver a casa de inmediato.

Al mismo tiempo, Ricardo Maldonado se enteró del estado de su hija y corrió al hospital.

Al ver su rostro vendado, sintió una mezcla de horror y furia.

—¡Alcira! ¿Qué monstruo te hizo esto?

Con voz entrecortada, Alcira le contó una versión tergiversada de lo ocurrido, rematando con:

—Papá, te lo juro, yo nunca quise hacerle daño a mi hermana. Pero ella me culpó de todo y convenció a la señora Sarmiento de que me desfigurara la cara. Si Cristián no hubiera estado ahí anoche, tal vez no estaría viva.

Ricardo apretó los dientes, deseando tener enfrente a Roxana, esa hija ingrata, para darle la paliza de su vida.

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