—Tienes razón. ¡Esa deuda la tienen que pagar!
Fábrica abandonada.
—¡Mmmm! ¡Mmmmm!
Luisa Soler y su hija, Elba Llorens, estaban atadas a un par de sillas, viendo con terror cómo todos los hombres comenzaban a retirarse.
Estaban muertas de miedo.
Aunque sabían que estaban en peligro en manos de esos matones, cualquier cosa era mejor que ser abandonadas en medio de la nada.
Justo antes de irse, Roxana Soler regresó sobre sus pasos y les arrancó sin miramientos las mordazas de la boca.
—Roxana, ¿a dónde van? ¡No puedes dejarnos aquí tiradas! Ya va a oscurecer, ¡quién sabe si hay animales salvajes en esta zona! ¡Si te vas, tienes que llevarnos contigo! —Luisa jamás había sido tratada de una manera tan humillante y su voz temblaba de pánico.
Elba también se apresuró a gritar:
—¿Van a volver a la ciudad? ¡Llévennos con ustedes! Roxana, por muy resentida que estés con mi madre y conmigo, ¡no puedes dejar que nos pase algo aquí! ¡¿Cómo le vas a explicar esto a mi tío?!
Bajo la tenue luz del atardecer, el hermoso rostro de Roxana parecía desprovisto de toda emoción, frío como una estatua.
—Tienen razón. Con lo poco que saben cerrar la boca, si les pasa algo, seguro me echarán la culpa. Así que tengo que tomar mis precauciones.
Antes de que Elba o Luisa pudieran articular palabra, Roxana les introdujo rápidamente una píldora en la boca a cada una.
La pastilla era amarga y se disolvía al instante.
No tuvieron tiempo de escupirla cuando un intenso sabor desagradable se extendió desde la lengua hasta la garganta.
—¡Arc! Roxana, ¡¿qué nos diste?! —Elba estaba aterrorizada de quedarse sola, ¡pero ahora tenía más miedo de que Roxana las hubiera envenenado!
Roxana leyó el pánico en sus ojos y esbozó una leve sonrisa.
—Es exactamente lo que estás pensando. Les acabo de dar el último veneno que he desarrollado, y yo soy la única que tiene el antídoto. Si se atreven a abrir la boca y decir estupideces, ¡les aseguro que desearán estar muertas!
Los rostros de Luisa y Elba palidecieron de inmediato.

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