—¿Cómo llamaste a mi jefa? ¡A ver, repítelo!
Sexto jamás había visto a un par de mujeres tan delirantes y arrogantes. Al escuchar que llamaban a su jefa "una cualquiera", tronó los nudillos, listo para destrozarlas.
Al ver la expresión asesina del hombre, Elba se acobardó de inmediato y volvió a esconderse detrás de Luisa.
Pero a mitad del movimiento, procesó sus palabras y lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿Cómo... cómo la llamaste?
Sexto se agachó frente a ella y le gritó en la cara, silabeando:
—JE-FA. ¿Te quedó claro, pedazo de idiota?
—¡Roxana Soler, maldita víbora! —gritó Elba, con la sangre hirviéndole—. ¡Te aliaste con esta escoria para secuestrarnos! ¡Cuando vuelva, le contaré a mis tíos para que vean cómo tratas a tu propia familia!
Luisa también se incorporó, furiosa.
—Roxana, sabía que solo volviste a la familia por la herencia, ¡pero no pensé que tuvieras el descaro de secuestrarnos! ¡Ponte de rodillas y pídenos perdón ahora mismo, o llamaré al consejo familiar para que te expulsen!
Sexto ya estaba harto de sus chillidos, pero al escuchar la amenaza, se quedó pasmado.
¿Expulsarla de la familia Soler? ¿Acaso la jefa no era la hija adoptiva de la familia Maldonado? ¿Cuándo se volvió una Soler?
El desconcierto duró solo un segundo antes de que la euforia se apoderara de él.
¡Su jefa era la hija del hombre más rico del país!
Como su más leal sirviente, ¡su futuro estaba asegurado!
Roxana veía que el par de mujeres seguía viviendo en su propia burbuja, creyendo que podían dictar las reglas.
Con una sonrisa gélida, ordenó:
—Sexto, dales una lección.

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