Darío no pudo contradecir a su madre; esa era, de hecho, su misma preocupación.
Aunque la condición de Valeriano estaba mejorando, si el proceso de desintoxicación fallaba, él perdería cualquier esperanza de recuperación.
Si su hermanita realmente se enamoraba de él y algo salía mal, la devastación sería terrible.
Rafael abrazó a Marina por los hombros, tratando de consolarla.
—Esa es una de mis preocupaciones. Pero hay algo más que me inquieta. Valeriano siempre ha sido un joven equilibrado y educado, pero la forma en que le habló a Luisa hace un momento... me aterra pensar que ese carácter oscuro y volátil pueda terminar lastimando a Roxana en el futuro.
Al escuchar eso, Darío supo que tenía que intervenir.
—Papá, por eso no te preocupes. Valeriano no es un hombre inestable. Lo que les dije antes es completamente cierto. El Hongo de Vida Eterna puede salvarle la vida e incluso podría ayudarlo a caminar de nuevo. Por eso no iba a permitir que nadie se lo quitara.
Tanto Marina como Rafael se quedaron atónitos.
—¿Y lo mismo sucedió con el Elíxir de Renovación? —preguntó Rafael, sorprendido.
Darío asintió.
—El Elíxir de Renovación fue su carta de presentación. Gracias a él, logró contactar a una misteriosa y poderosa maestra de la medicina, quien aceptó encargarse de su tratamiento. Hace poco, esta experta le tomó el pulso y le dio una receta para curarlo por completo. Uno de los ingredientes vitales de esa receta era precisamente el Hongo de Vida Eterna.
Omitió convenientemente el pequeño detalle de que esa «poderosa maestra de la medicina» era, en realidad, su propia hermana.
Era el secreto de Roxana, y ella misma debía ser quien se los contara cuando estuviera lista.
Rafael y Marina sintieron que el alma les volvía al cuerpo.
—¿Eso significa que Valeriano tiene posibilidades de curarse por completo? —preguntó Marina, emocionada.
Darío asintió con una gran sonrisa.
Rafael también suspiró, genuinamente aliviado.
***
Frente a los ascensores.
Roxana oprimió el botón y, al voltear, notó que Valeriano no dejaba de mirarla.
Esa mirada, tan dulce e intensa que parecía capaz de derretir el azúcar, la hizo sentir tremendamente incómoda.
—¿Tú... estás bien?
Al ver que ella daba medio paso hacia atrás con una leve expresión de incomodidad, el valor que Valeriano había logrado reunir se esfumó como agua entre las manos.
Sin embargo, sabía que no podía mostrarse desanimado, o esa chica aprovecharía la mínima excusa para poner una pared entre ellos.

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