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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 325

—¡Alcira, mi niña, no hagas una locura!

Elena sintió que las piernas no le respondían. Abrió la puerta del auto y trató de correr, pero tropezó y cayó de rodillas al suelo, raspándose feamente la piel.

Sin importarle el dolor, levantó la cabeza y les gritó a los empleados con furia y desesperación:

—¡¿Qué hacen ahí parados como idiotas?! ¡Suban de inmediato y métanla a la casa!

Ricardo también sintió que el corazón se le detenía. Corrió hacia el balcón y le gritó:

—¡Alcira! ¡¿Qué estás haciendo?! ¡Bájate de ahí, por el amor de Dios! Sabes que estás enferma, ¡no nos des estos sustos!

Al ver la angustia en los rostros de sus padres, la desesperación de Alcira comenzó a disiparse.

Se dio cuenta de que aún le importaba a su familia, de que no la iban a echar a la calle.

Con el rostro pálido y fingiendo una voz temblorosa y rota, murmuró:

—Perdónenme... mamá, papá. Hoy los avergoncé frente a todos.

Elena, adivinando que su hija estaba al borde del colapso por el escándalo del concurso, se puso de pie a duras penas y le suplicó con voz dulce:

—Mi tesoro, nada de lo que pasó hoy fue tu culpa. Tú solo querías demostrarnos lo buena que eres y cometiste un pequeño error de juicio, eso es todo. Papá y yo jamás te guardaríamos rencor. Sé una buena niña y entra a tu cuarto, por favor.

Es cierto que Ricardo había llegado a casa con toda la intención de armar un escándalo y exigir explicaciones, pero al ver a su hija a punto de saltar y tan llena de culpa, se le ablandó el corazón.

—Tu madre tiene razón, Alcira. Papá no está enojado contigo. Sé que lo diste todo en esa competencia. No importa lo que digan los demás. Por favor, baja de ahí.

Un destello fugaz de triunfo cruzó por la mirada de Alcira, pero su rostro mantuvo una expresión de profunda tristeza.

—¿De verdad? —sollozó—. Pero yo sé que me culpas. Y Cristián también me odia ahora. ¡Qué sentido tiene seguir viva!

—¡Por supuesto que no! ¡Eres nuestra luz, nuestra niña adorada! ¿Cómo podríamos odiarte? —Elena sentía que se ahogaba de la angustia—. Toda la culpa es de esa maldita de Roxana. Era tu hermana, y aunque usaste su partitura, no tenía derecho a humillarte de esa manera. Era un problema de familia, ¡no tenía por qué armar semejante circo!

Ricardo, aunque más racional, frunció el ceño.

—¡Qué tonterías dices! ¡¿Cómo va a ser culpa de Roxana?!

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