Aunque Darío nunca había escuchado tocar a su hermana, si sus padres hablaban maravillas de ella, debía ser brillante.
Por eso, no dudó en expresar abiertamente su opinión sobre Alcira.
Roxana, que ya había escrito su calificación, le respondió con calma:
—¿Crees que la pieza es buena, Darío?
—Sí, es muy alegre. Tiene un ritmo que recuerda a un arroyo corriendo por las montañas, es bellísima. Pero tocarla en violín destruye su esencia natural. Si la hubieran tocado en una Cítara Fénix o en un instrumento tradicional, habría tocado el alma de todos.
Roxana no imaginaba que su hermano supiera tanto de música. Esbozó una ligera sonrisa.
—Tienes buen oído. Esta melodía no fue compuesta para violín.
Darío se quedó mirándola fijamente.
—¿Y cómo lo sabes?
Roxana lo miró a los ojos y le dijo en un tono completamente sereno:
—Si te dijera que esa obra es mía, ¿me creerías?
Darío guardó silencio un instante. A pesar de que llevaban poco tiempo conviviendo, sabía que ella no era de las que hablaban por hablar.
Además, si tenía un talento médico capaz de superar a los mejores del mundo, no tenía sentido que mintiera sobre algo así.
A menos que...
—Roxana, yo te creo todo.
Al escuchar sus palabras, Roxana sintió que un nudo que llevaba en el pecho por años se deshacía al fin.
En todo el tiempo que vivió con los Maldonado, por más que se esforzara, Ricardo y Elena jamás le dieron una palabra de aliento ni la valoraron; solo le exigían que cediera ante Alcira.
Si la música de Alcira no era tan buena, ella tenía prohibido aprender.
Si Alcira estaba enferma y no podía salir, ella tampoco podía salir a jugar.
Si Alcira terminaba en el hospital, ella tenía que pasar la noche en vela cuidándola, sin derecho siquiera a cerrar los ojos.
De niña no lo entendía, y llegó a pensar que era su culpa por no ser lo suficientemente obediente. No fue hasta que toda esperanza se desvaneció, que comprendió la cruda realidad: simplemente no la querían, y nada de lo que hiciera iba a cambiarlo.

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