La noche era silenciosa. Una suave y pálida luz de luna caía desde las alturas, envolviendo el entorno en un manto de misterio.
Roxana caminaba por los jardines de la mansión, bañados en luz lunar, y sintió cómo su espíritu se tranquilizaba.
Valeriano avanzaba a su lado en la silla de ruedas. De pronto, un aroma frío y peculiar llegó a su nariz; un olor asombrosamente familiar, casi idéntico al que había percibido antes en la otra sala.
Y no solo el perfume, la presencia que Roxana emanaba en ese momento era exactamente igual a la de la misteriosa mujer de hace un rato.
—Señor Sandoval, si tiene algo que preguntarme, hágalo directamente. Quedarse mirando fijamente a alguien de esa manera es de muy mala educación.
Roxana no tenía intención de evidenciarlo, pero la insistente mirada de Valeriano resultaba demasiado perturbadora.
Valeriano colocó sus largas manos sobre las ruedas y detuvo la silla.
Sus ojos, oscuros y profundos, la miraron fijamente a los de ella.
—Ya que lo plantea así, señorita Roxana, seré directo. ¿Acaso nos vimos en otro lugar esta noche?
Roxana sostuvo la intensa mirada del hombre, indescifrable y penetrante. Sintió que el corazón le daba un leve vuelco, pero su rostro no mostró ni la más mínima alteración.
—No. Esta noche hubo demasiados invitados. ¿No estará confundiendo a la persona, señor Sandoval?
La mirada de Valeriano se oscureció un poco más, posándose en el bolso de tela que ella nunca soltaba de sus manos.
—Mis ojos pueden engañarme, pero mi instinto rara vez se equivoca. Señorita Roxana, disculpe mi atrevimiento, pero ¿podría abrir su bolso para que eche un vistazo?
Roxana sintió que el mundo se le caía a los pies. ¿Realmente lo había descubierto?
¡La agudeza de este hombre llegaba a ser aterradora!
La sonrisa en sus labios se tornó fría.
—Con un simple «disculpe mi atrevimiento», espera que yo exponga voluntariamente mi privacidad. ¿Acaso no es eso menospreciarme demasiado, señor Sandoval?
—No lo es —La mirada de Valeriano bajó hasta los dedos de ella—. Solo quiero confirmar una cosa, algo de lo que usted ya debe estar perfectamente al tanto.
—No sé de qué me está hablando. —Por supuesto que sabía a qué se refería, pero mientras ella se mantuviera firme en no admitirlo y no ceder, Valeriano no tendría forma de obligarla.
Valeriano leyó sus pensamientos y sus delgados labios se curvaron ligeramente.
—Parece que lo olvidó, señorita Roxana, pero en realidad, no soy ningún caballero de buenos modales.
Apenas cayeron sus palabras, una ráfaga de viento se abalanzó hacia el rostro de Roxana.
Los músculos de Roxana se tensaron al instante y, por puro instinto, lanzó una patada defensiva.
Pero su atacante logró esquivar el golpe en un abrir y cerrar de ojos y, aprovechando su distracción, le arrebató el bolso de las manos.
—Joven amo, aquí lo tiene.


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