El Maestro Ezequiel era sumamente prestigioso a nivel nacional, y cada movimiento suyo acaparaba la atención de los medios.
Si se presentaba públicamente para humillarla, ¡se convertiría en el hazmerreír de las redes sociales!
Una vez que el escándalo explotara, no solo ella no podría volver a dar la cara; ¡el buen nombre de su familia también quedaría manchado!
Don Abelardo, que conocía perfectamente el carácter de su viejo amigo y sabía que no valía la pena intentar disuadirlo, decidió desentenderse.
—Hace un momento te burlabas con mucho entusiasmo, ¿verdad? ¿Y ahora qué, tienes miedo?
—Rector —murmuró Lidia—, es una broma... yo solo hablaba pensando en el bienestar de la universidad, por eso dije aquellas cosas.
—¿Y te crees que escudarte en la universidad te salva? No me vengas con excusas baratas. Fuiste tú quien provocó a la persona equivocada, así que arréglalo tú misma —sentenció Don Abelardo, con voz gélida.
El rostro de Lidia pasó del verde pálido al blanco cenizo. No sabía qué hacer.
Si Roxana hubiera contactado a cualquier otro músico de Puerto Esperanza, Lidia habría encontrado la manera de silenciarlo.
¡Pero tratándose del Maestro Ezequiel, un hombre respetado nacional e internacionalmente, y a quien incluso su propio esposo trataba con absoluta deferencia, la situación era insalvable!
Estaba verdaderamente arrepentida.
Pero como no le quedaba otra opción, tuvo que tragar su orgullo y dirigirse a la joven.
—Señorita Roxana, mi única intención era proteger a la universidad, jamás imaginé que la malinterpretaría de esta manera...
Roxana la miró con una sonrisa cargada de sarcasmo.
—Pensé que solo eras una persona interesada, ambiciosa y carente de criterio, Profesora Lidia. Hoy descubro tu faceta tan «justiciera y noble». Realmente me dejas sorprendida.
Al escuchar la evidente burla, algunos de los presentes no pudieron evitar soltar una risita.
Lidia sintió que le ardían las orejas; la incomodidad la quemaba por dentro, pero no tuvo más remedio que apretar los dientes y soportarlo.
—Señorita Roxana... ya que este malentendido se ha aclarado, respecto al asunto con el Maestro Ezequiel...
Sin querer escuchar más de su charlatanería, Roxana levantó la vista hacia el teléfono que aún transmitía la videollamada.
—Ezequiel, no hace falta que vengas en persona. El rector se encargará de solucionar esto.
Roxana nunca había sido de las que necesitaban llamar a refuerzos.
Además, por un asunto tan trivial, no valía la pena hacer tanto alboroto.


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